Taibo Rubén Angel,* Subirós Isabel
Ana**
*Clínica Médica, Consultor Editorial;
**Miembro del American College Veterinary Radiology (ACVR).
La
infección urinaria puede o no ser sintomática y los síntomas no siempre son
específicos. Clínicamente, puede ser difícil distinguir entre cistitis y
pielonefritis. Asimismo, los parámetros de laboratorio no son específicos ni
siempre válidos para el diagnóstico de pielonefritis. Por otra parte, el
diagnóstico de infección urinaria se basa en la demostración de urocultivos
positivos, pero tal resultado no permite establecer diferenciación entre un
proceso vesical y otro renal. A partir de estos inconvenientes, y considerando
la frecuencia del problema en la práctica diaria, desarrollamos el presente
artículo basándolo por un lado en una extensa revisión bibliográfica y por el
otro en nuestra experiencia clínica. Dado que la nefrourología veterinaria,
históricamente, ha extrapolado una multitud de conceptos y protocolos de su
contraparte humana, hemos decidido también incluir información de dicha fuente
a los efectos de ampliar el panorama sobre la infección urinaria, en general, y
la pielonefritis, en particular.
Por definición, la infección urinaria (IU) se presenta
cuando las bacterias pueden ser demostradas en la orina renal, ureteral o
vesical, dado que la orina almacenada en la vejiga y aquella proveniente desde
los riñones, es bacteriológicamente estéril en los animales normales. La
aplicación del término IU es más conveniente que el uso de denominaciones más
específicas (cistitis, pielonefritis [PN]) y connota la
falta de éxito para localizar la infección al nivel de la vejiga o riñón. La
localización de la IU demanda tiempo y a menudo es un proceso engorroso en los
perros, pero puede ser alcanzada en esta especie mediante la nefropielocentesis
percutánea y cultivo de la muestra, estudios de lavado de vejiga urinaria, o
midiendo ciertas enzimas que son vertidas hacia la orina cuando los riñones
padecen daños celulares sostenidos por infección, traumas, isquemia o noxas
tóxicas. Empero, no habría justificativos clínicos para intentar la
localización, porque el conocimiento del foco infeccioso dentro de las vías
urinarias no modifica la selección del agente antimicrobiano, dosis prescripta,
duración de la terapia (por lo regular), o método de seguimiento. Las
excepciones a esta generalización ocurren en machos caninos enteros con IU, en
los cuales la infección se ha extendido hacia (o desde) la próstata y en
pacientes de ambos sexos que tienen absceso renal unilateral.
Las infecciones bacterianas son la
causa más corriente de enfermedad urinaria en los pacientes caninos. Aproximadamente
el 14% de todos los perros contraerán una IU durante su vida y cerca del 10% de
los presentados a consulta por otros problemas tendrán IU bacteriana
concurrente. La mayor parte de las IU caninas comprenden la inflamación
bacteriana de las vías inferiores (vejiga urinaria y uretra); sin embargo, la
ascensión microbiana de los uréteres y riñones es una potencial secuela de la
IU inferior. En comparación con la incidencia de IU bacteriana, las infecciones
por micoplasmas, clamidias, virus y hongos son raras en caninos (o al menos,
los métodos de detección rutinaria lo sugieren así). La mayoría de las
infecciones bacterianas de las vías urinarias inferiores responden con rapidez
al tratamiento antibiótico apropiado; sin embargo, las IU asociadas con
defectos en el sistema inmunológico del huésped (IU complicada) a menudo no
responden a la antibioticoterapia o recurren al poco tiempo de suspender la
medicación.
Las consecuencias de la IU bacteriana
(ya sea en la forma de episodios aislados, recurrentes o persistentes) pueden
ser significativas si la infección es inadvertida y no tratada, sin importar la
presencia o ausencia de anormalidades clínicas. Puesto que muchos perros con IU
no exhiben sintomatología o tienen bacteriuria o piuria detectables, el
diagnóstico puede ser incidental en algunos casos. La colonización microbiana
de cualquier parte del aparato urinario hace que el animal sea susceptible a la
infección en otras partes de las vías urinarias y cuerpo. Algunas consecuencias
de la IU sin diagnosticar incluyen infertilidad, incontinencia urinaria,
discoespondilitis, PN y falla renal. La septicemia puede ocurrir como una
consecuencia de la PN en pacientes inmunosuprimidos. En los perros machos
enteros, la IU a menudo se extiende hacia la próstata y en ocasiones a los
cordones espermáticos y/o testículos, y puede ser causal de infertilidad en
machos y hembras. La prostatitis bacteriana puede provocar infertilidad,
abscedación, e IU recurrente. En los perros, la infección de la orina con
bacterias ureasa-positiva (Staphylococcus
intermedius y Proteus mirabilis)
a menudo se asocia con la formación de urolitos de estruvita (MgNH4PO4·6H2O). La PN con cicatrización renal progresiva y falla renal final puede ser
una secuela de la IU de larga evolución clínicamente silenciosa hasta que los
signos de la falla renal se vuelven francos (si la afectación es bilateral). La
septicemia y muerte pueden suceder cuando se administran dosis altas de agentes
inmunosupresores en perros con IU clínicamente silenciosa. En un estudio, el
39% de los perros que recibieron corticoterapia prolongada por enfermedades
cutáneas crónicas experimentaron IU como una complicación durante la terapia. En
algunas oportunidades, se considera que la discoespondilitis lumbosacra es
secundaria a la IU.
MECANISMOS
DEFENSIVOS. Las bacterias normalmente se presentan en cantidades crecientes desde la
uretra media hasta la distal, pero rara vez ocasionan IU en los perros
normales. La flora microbiana normal de la uretra distal (por ej., micoplasmas,
anaerobios gramnegativos, estreptococos, lactobacilos, Haemophilus sp., difteroides, estafilococos coagulasa-negativa),
que ocupa la mayor parte de los receptores epiteliales, compite con los
uropatógenos invasores mediante su interferencia. En la uretra normal, la flora
residente puede tener elevada afinidad pero requerimiento reducido por los
nutrientes esenciales necesitados por los uropatógenos, dificultar la adhesión
al urotelio, o secretar bacteriocinas (que interfieren con el metabolismo de
los patógenos), previniendo así que los uropatógenos concreten la colonización
uretral. Asimismo, la superficie de la uretra tiene propiedades intrínsecas que
impiden la colonización bacteriana. El barrido de microscopia electrónica de la
uretra canina femenina, reveló que el urotelio de la uretra distal y vagina
tiene microvellos de superficie que permiten la fijación de los microorganismos
residentes. En contraste, las superficies de la uretra proximal y vejiga
urinaria tienen micropliegues, pliegues presentes cuando el lumen uretral está
contraído. Estos pliegues se aplanan cuando el lumen uretral se distiende
durante el acto de la micción, dificultando la adherencia de las bacterias
(reducción de los receptores epiteliales). Estas diferencias estructurales en
los epitelios pueden asociarse con la resistencia a la colonización microbiana.
Otras defensas uretrales consisten en la producción de IgA secretoria, la cual
previene la adherencia y colonización bacterianas, y los glucosaminoglicanos
que forman una barrera protectora sobre la superficie epitelial. Las
propiedades intrínsecas uretrales, como la peristalsis y una zona de alta
presión funcional en la uretra media, también actúan previniendo la
colonización microbiana. El largo de la uretra y las secreciones prostáticas
bactericidas contribuyen disminuyendo la incidencia de IU en los machos caninos
comparado con las perras. En ambos sexos la naturaleza valvular de la unión
vesicoureteral confiere protección contra la ascensión de las bacterias hasta
los riñones. La colonización de las membranas mucosas vulvar y prepucial por
flora no patógena también reduce la colonización de los uropatógenos.
La micción es una importante defensa
contra la colonización bacteriana de las vías urinarias inferiores. La flora
bacteriana anormal que gana acceso a la uretra es lavada mecánicamente con el
vaciamiento frecuente de cantidades adecuadas de orina. La producción de orina
diluye los recuentos bacterianos y el vaciamiento completo despoja las
bacterias de la vejiga urinaria (elimina más del 95% de las bacterias no
adheridas). Algunas condiciones de evacuación incompleta (por ej., atonía
vesical, urolitiasis) o retención prolongada de la orina (urosquesis)
predisponen a la IU debido a la presencia de orina residual. La pared vesical
distendida puede comprimir los vasos intramurales y así reducir el número de
leucocitos y otros factores antimicrobianos que pueden ingresar al lumen de la
vejiga urinaria. El volumen de orina residual normal en caninos es menor de
0,2-0,4 ml/kg. Las propiedades antibacterianas de la orina fueron estudiadas en
detalle en seres humanos, caninos, conejos y felinos, y constituyen un
importante mecanismo defensivo del huésped contra la IU. Aunque la orina
soporta el crecimiento bacteriano, existen componentes en la misma que son antibacterianos,
incluyendo un pH muy ácido o alcalino, alta concentración de urea, elevada
osmolalidad, y algunos ácidos orgánicos débiles (ácidos hipúrico, benzoico, y
quínico) en orinas concentradas. Los oligosacáridos y mucoproteínas de
Tamm-Horsfall atrapan las bacterias en la orina impidiendo su colonización. Los
cambios en la composición de la orina predisponen a veces a la IU. Por ejemplo,
la diuresis reduce la osmolalidad de la orina y puede deprimir sus propiedades
antibacterianas. La dilución urinaria así como el deterioro de la respuesta
inmune pueden contribuir al desarrollo de la IU en perros medicados con
corticosteroides. La orina diluida formada en los animales con procesos
poliúricos/polidípsicos tiene menos propiedades antibacterianas que las orinas
hiperstenúricas. Asimismo, las cantidades excesivas de glucosa en la orina
inhiben la fagocitosis y pueden predisponer a la colonización microbiana del
urotelio. En el huésped normal, hay resistencia al desarrollo de la IU por las
razones expuestas. Sumada a la disrupción de las defensas normales, ciertos
factores de virulencia del microorganismo potencian la colonización del
epitelio urinario y facilitan el desarrollo de la IU.
FACTORES
PREDISPONENTES (FIGURAS 1 y 2 ). El establecimiento de la IU en los
perros depende primariamente de la interacción entre las defensas del huésped y
factores de virulencia de los microorganismos. Las anormalidades defensivas se
consideran uno de los factores más importantes en la patogenia de la IU y
persistencia de la IU complicada. Los estudios demostraron que cuando las
defensas se alteran con la cateterización, cirugía u otras condiciones
urinarias (por ej., cistitis, urolitiasis, neoplasia), la incidencia de IU es
elevada. La instrumentación con sondas urinarias y aparatos endoscópicos cumple
un rol fundamental en la introducción de microorganismos dentro de la vejiga
urinaria. El simple hecho de introducir un catéter se asocia con riesgo de IU
(especialmente en las perras) porque el transporte pasivo de los microbios
supera la barrera protectora en el orificio uretral externo. Si el catéter es
insertado en profundidad y lesiona la mucosa vesical, la probabilidad de IU
incrementa bastante. Los pacientes con vejiga neurogénica o sonda vesical
permanente, muchas veces no refieren síntomas vesicales y debutan con cuadros
de PN o sepsis de origen urinario. Los defectos anatómicos pueden también
facilitar la migración bacteriana ascendente (por ej., catéter urinario
permanente o uréter ectópico) o dañar las barreras mucosas (por ej.,
urolitiasis, neoplasias, remanentes uracales, engrosamientos murales causados
por inflamación crónica). Un volumen de orina reducido también puede asociarse
con mayor riesgo de IU debido al menor lavado (aunque la orina concentrada
tiene mayores propiedades antibacterianas) y la alteración de la composición
urinaria (glucosuria o excreción de sustancias irritantes como los metabolitos
de la ciclofosfamida) pueden hacer que el medio ambiente sea más receptivo a la
proliferación microbiana. El reflujo se produce cuando la orina vesical ingresa
de nuevo al lumen ureteral, de manera que la válvula vesicoureteral es
sobrepasada en sentido ascendente. Puede ser de diferente magnitud según el
grado de la deformación de la vía urinaria. Causa del reflujo es la estasis
urinaria, que a su vez puede deberse a malformaciones o lesiones obstructivas
adquiridas. En las IU recurrentes se deberá descartar siempre una malformación.
Se denomina nefropatía por reflujo a
la lesión corticomedular renal resultante del mecanismo de reflujo, la que
corresponde a una hidroureteronefrosis frecuentemente con PN crónica. Las
obstrucciones se deben a malformaciones o lesiones adquiridas, ya sean estas
últimas intrínsecas (por ej., litiasis o neoplasias), o extrínsecas (por ej.,
cicatrices, hiperplasia nodular o tumores de la próstata).
La IU no complicada ocurre en ausencia
de anormalidades estructurales o funcionales subyacentes en los mecanismos
defensivos del huésped. Son de tratamiento más sencillo que las IU complicadas
y por lo usual se erradican con rapidez después de iniciar la
antibioticoterapia apropiada. Las IU complicadas se asocian con defectos en los
mecanismos defensivos del huésped (interferencia con micción normal, defectos
anatómicos, daño de las barreras mucosas, o alteraciones en el volumen o
composición de la orina). Por lo general, no es posible erradicar los signos clínicos
y clinicopatológicos de las IU complicadas con tratamiento antibiótico; los
signos persisten durante la terapia o recurren al poco tiempo de suspender el
antibiótico. Debido a la prevalencia relativamente reducida de IU en los machos
caninos en comparación con las perras, cualquier IU en un macho canino debería
ser considerada una infección complicada. Sumándose a los factores locales, las
afecciones sistémicas como la falla renal, hiperadrenocorticismo,
corticoterapia prolongada, neoplasias y diabetes mellitus también pueden cursar
con una IU complicada.
VIAS DE
PROPAGACION A LOS RIÑONES. La ruta de infección más corriente en caninos es la migración ascendente de
los microbios a través de la uretra. En las personas y perros, la flora
indígena normal de las áreas genital, rectal y perineal demostró ser el
reservorio primario de la infección. Las vías por las que los agentes
infecciosos pueden alcanzar los riñones son:
· Ascendente, que es la más común y en la que tiene
gran importancia el reflujo vesicoureteral (RVU).
· Hematógena (por ej., Staphylococcus aureus, Mycobacterium tuberculosis y Candida albicans) como se da en las
piemias o secuela de embolias sépticas (por ej., endocarditis valvulares). El
riesgo incrementa con un riñón obstruido o lesionado.
· Linfática (desde el recto, piel u otros focos
contaminados).
· Directa o por continuidad. Esta última es poco
frecuente, se da en traumatismos con heridas penetrantes y en procedimientos
quirúrgicos.
IU
NOSOCOMIAL. Las infecciones nosocomiales u hospitalarias se definen como aquellas
contraídas durante o como consecuencia de las internaciones. Generalmente, se
considera que un paciente que ha permanecido menos de 48 horas en el hospital y
contrae una infección, la ha estado incubando antes del ingreso hospitalario. La
mayoría de las infecciones que se manifiestan después de 48 horas se consideran
hospitalarias. Los pacientes pueden padecer una infección nosocomial después
del alta hospitalaria si es presumible que el microorganismo fue adquirido en
el hospital. La utilización de la sonda vesical forma parte de muchas
indicaciones terapéuticas y diagnósticas, pero también es una importante vía de
IU; y aproximadamente el 30-40% de todas las infecciones nosocomiales tienen su
origen en un foco urinario, generalmente debidas a un sondaje vesical; hasta un
80% de los casos de IU nosocomiales están asociadas al catéter vesical. Respecto
al sondaje se ha observado que su indicación, su duración, el tipo de sistema
de drenaje (mayor riesgo en los sistemas abiertos), y las técnicas de inserción
y cuidados del catéter vesical tienen una influencia decisiva en la aparición
de la IU. El riesgo de infección es de aproximadamente 5%/día de sondaje. El
problema radica en que las cepas hospitalarias son mucho más resistentes al
tratamiento antibiótico que las adquiridas en la comunidad. La ruta de ascenso
de la infección puede ser a través de la columna de orina que fluye por la
sonda (intraluminal), o bien por la mucosa que la rodea (periuretral). Los seis
microorganismos mas comúnmente aislados fueron en orden decreciente: Escherichia coli (35,6%), Enterococcus (15,8%), Candida (9,4%), Klebsiella (8,3%), Proteus
(7,9%), Pseudomonas aeruginosa (6,9%).
AGENTES
INFECCIOSOS (FIGURA 3). Los gérmenes patógenos que participan en la primoinfección de la vía
urinaria corresponden a una flora muy diversa, aunque generalmente predomina la
familia de las Enterobacteriaceae. La Escherichia
coli es el agente aislado con mayor frecuencia de la orina canina. En un
estudio (Ling GV y col., 2000), 9 géneros bacterianos fueron los causales del
95,3% de las IU, a saber: E. coli (44,1%),
Staphylococcus sp. (11,6%), Proteus sp. (9,3%), Klebsiella
sp. (9,1%), Enterococcus sp.
(8%), Streptococcus sp. (5,4%), Pseudomonas sp. (3%), Mycoplasma
sp. (2,5%) y Enterobacter sp. (2,3%).
Las hembras predominaron en las infecciones con todos estos géneros excepto Klebsiella sp., Mycoplasma sp., y Enterobacter
sp., los cuales dominaron en los machos. La edad al diagnóstico de la IU mostró
una tendencia similar entre los sexos. La infección con una sola especie
bacteriana fue responsable por más del 72% de los casos en ambos sexos; 2 a 3
microorganismos se aislaron en casi el 28%. Parecen existir diferencias con
respecto a la prevalencia de las diversas especies microbianas entre las razas
caninas, entre edades dentro de razas individuales, y entre sexos dentro de
razas particulares. Muchas IU bacterianas se consideran causadas por la flora
intestinal o tegumentaria que asciende a través de la uretra hasta la vejiga
urinaria. Aunque muchos organismos entéricos son anaerobios, la tensión de
oxígeno en la orina probablemente inhiba la proliferación de las bacterias
anaeróbicas estrictas; en consecuencia, los anaerobios rara vez promueven IU. Los
micoplasmas también fueron asociados con la IU canina. Las manifestaciones
clínicas de la cistitis micoplásmica pueden incluir hematuria, polaquiuria,
estranguria, incontinencia, poliuria/polidipsia, y fiebre; sin embargo, algunos
perros con urocultivos positivos son asintomáticos. Aun se debe definir si los
micoplasmas son patógenos primarios de las vías urinarias. Empero, el Mycoplasma sp. fue aislado como agente
solitario en el 68% de los perros presentados con signos de IU en un estudio,
sugiriendo que puede ser un uropatógeno importante en algunos casos (Jang y
col., 1984).
En la PN humana, la E. coli es, también es la bacteria más
frecuentemente aislada en pacientes ambulatorios no complicados (50-90% de los
casos); es mucho menor la incidencia de Enterobacter,
Klebsiella, Pseudomonas, Proteus, Citrobacter, Serratia, Providencia y Staphylococcus epidermidis, entre otros, los cuales se asocian con factores
obstructivos y se aíslan más a menudo en pacientes hospitalizados. En cambio,
en las IU recurrentes o en las PN crónicas los más frecuentes son el Proteus, Enterococcus, Pseudomonas, estafilococos, colibacilos, y entre los
hongos, los del género Candida. La
causada por Providencia stuartii ocurre
muy a menudo en pacientes inmunosuprimidos. Las infecciones por hongos son muy
infrecuentes y corresponden generalmente a pacientes diabéticos o
inmunodeprimidos. La inmunodepresión ocurre en el SIDA y en tratamientos con
drogas inmunosupresoras. En estos casos son frecuentes las infecciones fúngicas
(Candida, Toluropsis glabrata,
Criptococcus, Aspergillus, Mucor, Histoplasma, Blastomyces, Nocardia,
Actinomyces). Estas diferencias desde el punto de vista bacteriológico, se
deben fundamentalmente a cateterización o instrumentación de la vía urinaria,
infecciones cruzadas, selección de cepas resistentes por uso de antibióticos y
deterioro de los mecanismos defensivos del huésped por enfermedades
concomitantes. Aquellas personas que son objeto de manipulación de las vías
genitourinarias (por ej., cistoscopia), son más suceptibles de padecer PN
aguda. El embarazo, la diabetes y los trastornos neurológicos específicos que
afectan la función urinaria, también predisponen a esta afección, al igual que
el RVU en los infantes.
Factores de virulencia. La virulencia bacteriana y el número de organismos invasores son dos
factores significativos que determinan si una IU se establece. La capacidad de
la bacteria (por lo regular de origen fecal) para adherirse a la superficie
epitelial de la vía urinaria impide su lavado durante el vaciamiento de la
orina y permite la proliferación entre las micciones. La IU por lo general
consiste en la colonización genital, migración bacteriana a lo largo de la
uretra, y adherencia de los organismos al uroepitelio. El prepucio y la vagina
son considerados las puertas de entrada primarias de las bacterias uropatógenas
en los perros. Estas bacterias poseen propiedades especiales, denominadas factores de virulencia, los cuales en
forma sucinta comprenden:
· Estructuras de fijación (adherencia) especiales que protruyen desde la
superficie de ciertos microorganismos, que les permiten unirse a secuencias
moleculares específicas sobre la superficie de las células uroteliales. La
capacidad de adherirse a las células del urotelio, es el prerrequisito para la
colonización, persistencia e infección. En este proceso participan tanto
estructuras de la pared bacteriana denominadas fimbrias o pili (apéndices
proteináceos filamentosos rígidos hallados sobre muchas bacterias gramnegativas),
como también receptores en las células epiteliales. La mayoría de las
enterobacterias tiene fimbrias tipo I que se fijan a la manosa de las células
epiteliales, con un tipo de unión que puede ser inhibida competitivamente por
alfa-metilmanósidos, por lo que se les designa como manosa sensibles (MS). Hay
otras cepas que tienen fimbrias tipo P, que son manosa resistentes (MR) y que
tienen la capacidad de producir PN. Secundariamente, una vez adheridas al
urotelio, algunas cepas son capaces de producir sustancias que aumentan la
invasión tisular y el daño celular.
· Secreción por ciertas bacterias de un compuesto denominado aerobactina, el
cual extrae el hierro esencial para uso en el metabolismo microbiano desde las
proteínas ligadoras de hierro del huésped.
· Hemolisinas, sustancias secretadas por algunos microorganismos que causan
lesión en las células del huésped, incrementan la inflamación y deterioran
ciertos mecanismos defensivos.
· Secreción de un material capsular polisacárido (antígenos capsulares K) que
inhibe la opsonización y fagocitosis de las bacterias por las células del
huésped; y los antígenos O en la endotoxina, que reducen la contractilidad del
músculo liso. La hipocontractilidad del músculo liso puede detener la peristalsis
ureteral y fomentar la ascensión microbiana desde la vejiga urinaria hasta el
riñón.
Estos y otros factores de virulencia se estudiaron con
mayor profundidad en la E. coli y
fueron sometidos a revisiones detalladas. Así se pudo establecer que no todas
las cepas de E. coli tienen la misma
capacidad de producir inflamación urinaria y eso depende de los factores de
virulencia que posean. Los factores de virulencia son fundamentales en el
desarrollo de la infección en pacientes sin alteraciones estructurales ni
funcionales de las vías urinarias. La resistencia bacteriana a las drogas
antimicrobianas puede derivar de la resistencia intrínseca, mutación y
selección, o transferencia de factores de resistencia (factores o plásmidos R)
entre organismos mediante traspaso del ADN. Toda una población bacteriana puede
adquirir resistencia mediante la transferencia genética después de una sola
dosis de antibiótico. El fenómeno del factor R ha sido identificado en las
bacterias gramnegativas, incluyendo E.
coli y Enterobacter, Klebsiella y
Proteus, Staphylococcus sp., y Pseudomonas sp. La resistencia del factor R a múltiples drogas es habitual, y se
sabe que tales factores confieren resistencia a las penicilinas,
cefalosporinas, aminoglucósidos, tetraciclinas, cloranfenicol, sulfonamidas y
trimetoprima, potenciando su patogenicidad.
Cepas pielonefritógenas. En la actualidad se ha comprobado que existe dentro de la
especie Escherichia coli, cepas
dotadas de un conjunto de propiedades virulentas que son repetida y significativamente
aisladas de casos de PN. Desde el punto de vista clínico, los sujetos con IU de
vías por estas cepas tienen hasta 10 veces más posibilidades de desarrollar un
cuadro de PN. A estas cepas se les ha denominado "pielonefritógenas."
El acúmulo de factores de virulencia aumenta en proporción geométrica su
capacidad invasora renal. Por esta razón, se ha propuesto que la determinación
de estos factores de virulencia en las E.
coli aisladas de IU, podría ser un punto de referencia sobre el riesgo de padecer
infección renal. Dado que la E. coli es
el principal causante de PN, es la bacteria más estudiada. No es, por tanto, un
método para realizar un diagnóstico diferencial, sino para predecir futuras
consecuencias. El problema reside en que al ser un tema multifactorial no se ha
definido exactamente cuales son los factores que debe poseer una cepa de E. coli para ser considerada como
nefritógena. La ya antigua idea de que la expresión de adhesinas MR tipo P era
la característica principal, ha sido hoy sobrepasada. Las E. coli uropatógenas, a diferencia de las denominadas propiamente
fecales, expresan siempre uno o varios tipos de adhesinas muy funcionales. Estas
pueden ser de tipo fimbriado MS y/o MR (subtipos P, S y F) y afimbriado o
ligandos superficiales con una gran apetencia por los epitelios del aparato
urinario y glándulas anexas (escamoso, transicional, cúbico y glandular
prostático). Ahora se sabe que los llamados subtipos P poseen un tropismo renal
distintivo y en ciertos casos superior. Parece ser que la síntesis de
hemolisinas, sideróforos (aerobactina) y factor citotóxico necrotizante son,
junto a la expresión de adhesinas MR, factores de virulencia esenciales que
caracterizan una cepa pielonefritógena. Las E.
coli aisladas en los pacientes caninos tienen mayor capacidad para elaborar
colicinas (que incrementan la permeabilidad vascular), hemolisinas (que
aumentan su poder invasor a través del tejido lesionado), y beta-lactamasa (que
causa resistencia a los antibióticos beta-lactámicos) y fermentar el dulcitol
(que se asocia con resistencia a la fagocitosis) que las cepas recuperadas en
pacientes humanos. Finalmente, las variantes bacterianas con paredes celulares
deficientes pueden prosperar en los ambientes hipertónicos, como la médula
renal y orina, donde la migración y fagocitosis de los leucocitos pueden estar
deterioradas. El Staphylococcus
saprophyticus y Enterococcus
expresan adhesinas superficiales capaces de colonizar muy eficazmente el
introito vaginal (especialmente el primero) y las superficies inertes
(especialmente el segundo). La vía ascendente es la puerta de entrada para una
ulterior invasión de estructuras del árbol urinario sano. Estudios de biología
molecular han definido que el operón que codifica la síntesis de las fimbrias P
está estrechamente relacionado con los correspondientes a la síntesis de
hemolisina, factor 1-necrotizante y aerobactina, por lo que se denominaron a
estos elementos cromosómicos como islas de patogenicidad asociada (PAI). Si los
investigadores desarrollan una sonda génica conjunta, el reconocimienmto de
estas cepas podría ser una tarea sencilla e incluso económica, lo que para el
clínico constituiría un herramienta muy útil en la adopción de una actitud
terapéutica y en el estableciemiento de pautas antibióticas.
PELVIS RENAL
(FIGURA 4). La pelvis renal, localizada en el hilio, es una estructura en embudo de
paredes delgadas y distensibles, circundada por la cresta (la porción más
interna de la médula). Los perros, gatos, conejos, ovejas y camellos, entre
otros, tienen una pelvis peculiarmente foliada, que a veces se refiere como
característica de un "riñón tipo II." El simple canal del lumen
pélvico está adornado con recesos (no cálices como en cerdos, bovinos y seres
humanos) en forma de hojas que flanquean las superficies dorsal y ventral. En
los perros normales, la pelvis está casi completamente rodeada por el
parénquima renal, lo cual la vuelve inaccesible para la pielotomía. No hay una
unión precisa entre pelvis y uréter proximal. La pelvis es una porción
expandida del uréter proximal que está elongada en su eje craneocaudal y
estrecha en su eje dorsoventral. La pared pélvica consiste en tres capas que
son idénticas (pero con menor desarrollo) a las del uréter: tejido conectivo
externo, músculo liso delgado y mucosa de epitelio transicional
("urotelio"). Con la urografía EV, la pelvis simula la apariencia de
un paraguas abierto. Al distenderse con el contraste, se aprecian varios pares
(5 a 7) de divertículos, los cuales se extienden dentro del parénquima renal. Estos
divertículos se forman por el reflejo de la pared pélvica alrededor de las
ramas interlobares (de 2do y 3er orden) de la arteria y vena renales. Las
arterias interlobares transcurren dentro de cada línea doble que señala los
márgenes de los recesos adyacentes. El número de los recesos es variable (de
3-4 pares en animales pequeños hasta 20 o más en los dromedarios). Si bien la
pelvis tiene una forma compleja, los conductos colectores se describen como
aberturas a lo largo de la cresta renal. La pelvis recolecta la orina
proveniente de los conductos y canales papilares, camino hacia el uréter. Se
estimó que en los perros, el volumen pélvico no supera los 8 ml. Dentro de la
pelvis existen uno o más "marcapasos," los cuales inician la
contracción peristáltica del músculo liso a intervalos regulares (1-5 minutos).
Los marcapasos son activados por estímulos mecánicos y químicos. La contracción
pélvica normalmente no genera hipertensión intraluminal. Las ondas de
contracción viajan a una velocidad de 2-3 cm/segundo y a medida que contraen el
músculo circular, el tubo ureteral encoge su diámetro pero incrementa su largo.
Desde el punto de vista funcional, la pelvis y el uréter constituyen una sola
unidad, cuya función primaria es transportar la orina hacia la vejiga, sin
modificarla en gran medida aunque pueden elaborar sustancias inhibidoras de la
adherencia microbiana. La anatomía y función ureteral proporciona un mecanismo
defensivo contra la invasión bacteriana de los riñones. El uréter distal
transcurre a través de la pared vesical en un ángulo que forma un colgajo de
una vía, con lo cual se previene la regurgitación de orina desde la vejiga
(reflujo vesicoureteral, [RVU]). La peristalsis ureteral promueve un flujo de
orina unidireccional desde los riñones hasta la vejiga y es una importante
defensa contra la migración de bacterias capaces de ascender los uréteres con
independencia del RVU.
La respuesta al daño celular glomerular
y tubulointersticial en la mayoría de las nefropatías comprende cambios en el
número (proliferación y apoptosis) y tamaño (hipertrofia) celulares. Estos
eventos preceden y pueden tener responsabilidad en la acumulación de proteínas
en la matriz extracelular, que fomentan la hipofunción renal. Un conjunto de
proteínas reguladoras del ciclo celular (cinasas), tanto positivas como
negativas, cumplen un rol decisivo en estas respuestas celulares fundamentales
en las lesiones inmunes y no inmunes. La creciente información en este campo
genera esperanzas de nuevas modalidades terapéuticas en los próximos años. El
riñón es un órgano sensible a la infección puesto que, a pesar de su alto
débito sanguíneo, es relativamente pobre en células fagocitarias. Las defensas
renales son restringidas y sobre todo dependientes de las respuestas inmunes
local y sistémica en la prevención de la PN. La corteza renal demostró ser
mucho menos susceptible a la infección que la médula, posiblemente debido al
mayor flujo sanguíneo regional. La médula renal es la zona más propicia para la
instalación de la infección; por ejemplo, la inoculación de menos de 10
bacterias desencadena el proceso de propagación. Varios factores (incluyendo
reducción del flujo sanguíneo, altas concentraciones de amoníaco, e incremento
de la osmolalidad) hacen que la fagocitosis y la fijación del complemento están
disminuidas en la zona medular transformándola en susceptible a la infección.
PIELONEFRITIS. Es la inflamación de la pelvis y
parénquima renal. La inflamación pélvica se denomina pielitis. Las estructuras
interesadas pueden incluir papila, médula y/o corteza, dependiendo de la
duración y magnitud del proceso inflamatorio. Antiguamente, nefritis
tubulointersticial y PN se consideraban sinónimos, pero en la actualidad
representan diagnósticos histopatológicos diferentes, aunque existen
controversias terminológicas. La leptospirosis, por ejemplo, es un causal
clásico de nefritis tubulointersticial, en la cual hay infiltración
neutrofílica intersticial y dilatación tubular (FIGURA 5); asimismo, este patrón podría ser identificado también
en una PN de cierta evolución. En riñones con sistema pielocalicilar y vía
urinaria normales, las bacterias, uretritis y cistitis no ocasionan inflamación
renal, por ello en la patogenia de las PN son importantes los factores
predisponentes. La inflamación bacteriana del riñón con destrucción de tejido,
generalmente focal, a veces se delimita a una pequeña zona, pero puede
extenderse a todo un riñón o a ambos; en ocasiones en forma de una PN
flegmonosa o apostematosa, con múltiples focos supurados. La infección inicial
se verifica en la pelvis y papila. La papila normal tiene dos condiciones que
la predisponen a la IU: hiperosmolalidad y reducida tensión del oxígeno, las
cuales deterioran la función leucocitaria y actividad del complemento. La
hiperosmolalidad también puede favorecer el crecimiento de las bacterias con
deficiencia de pared celular (formas L). El mecanismo de ingreso específico del
agente infeccioso desde la pelvis hacia el parénquima renal apenas es
comprendido en los perros. Se distinguen formas agudas y crónicas. En la fase
aguda existe infiltración neutrofílica y necrosis, con áreas de hemorragia y
exudación fibrinosa. Se destacan microfocos purulentos o supurados, corticales
o medulares o en ambas localizaciones, que pueden extenderse al tejido de la
celda renal y desarrollar abscesos perirrenales. En la médula los focos son
alargados o radiados, dirigidos a los vértices de las papilas renales. Si bien
los leucocitos intentan cumplir un rol defensivo, también son promotores del
daño renal liberando enzimas lisosomales hacia el tejido adyacente. Asimismo,
la proteína de Tamm-Horsfall (normalmente aislada del sistema de vigilancia
inmunológica) presente en el urotelio, una vez que ingresa al intersticio,
puede obrar como estímulo antigénico (traducida en una inflamación
linfoplasmocítica intersticial). También se demostró que esta proteína activa
la respuesta inflamatoria neutrofílica, la cual puede agravar la lesión renal. La
fase crónica de la PN a menudo es el resultado de episodios inflamatorios
recurrentes y suele interesar a la pelvis, papila, médula y corteza. La
infección con E. coli se asoció con
vasoconstricción e isquemia focales pronunciadas, que luego desarrollan
cicatrices. Se genera un proceso fibrótico cicatrizal activo en el cual puede
haber alteraciones en las cantidades y componentes del colágeno. De este modo,
la formación cicatrizal se transforma en otro factor patogénico en la PN. La
inflamación es a predominio intersticial con destrucción del tejido renal y
signos de organización, con fibrosis, retracción, deformación pielocalicilar y
depresiones corticales irregulares. En un comienzo existe infiltración celular
linfoplasmocitaria, luego se producen glomeruloesclerosis, atrofia de túbulos
con material coloideo (cilindros hialinos) y esclerosis vascular. Desde el
punto de vista histopatológico, la PN es una forma de nefritis
tubulointersticial, con variaciones en los infiltrados según sea el estadio,
con más necrosis en fase aguda y más fibrosis en la crónica. El tejido
cicatrizal se puede extender desde la médula profunda hasta la corteza externa.
El tejido peripélvico puede contener cantidades variables de células
inflamatorias.
Una alteración funcional frecuente en
la PN es la disminución de la capacidad para concentrar la orina, defecto casi
siempre moderado pues excepcionalmente evoluciona a diabetes insípida
resistente a la hormona antidiurética. También pueden aparecer otras alteraciones
funcionales tales como: disminución del filtrado glomerular, reducción del
flujo plasmático renal, natriuresis (razón por la cual estos pacientes casi
nunca tienen edema), disminución de la excreción de amonio y acidosis
metabólica. La importancia de identificar este tipo de alteraciones radica en
que sucesivos episodios de IU pueden dejar secuelas tales como cicatrices a
nivel del tejido renal, con consecuencias en el largo plazo. De hecho, la PN a
repetición o la PN crónica es una de las principales causas de insuficiencia
renal crónica en poblaciones de bajos recursos socioeconómicos. En un estudio
(Wennerstrom y col., Hospital Universitario de Sahlgrenska, Suecia; Archives of
Pediatrics & Adolescent Medicine 2000;154 (4):339-345) se observó que los
riñones con cicatrices tenían un volumen de filtrado glomerular menor que
aquellos sin cicatrices, aunque sin afectar la filtración glomerular global
cuando éstas eran unilaterales (la mayoría de los casos). La PN unilateral no
suele generar síntomas y puede ser un hallazgo de necropsia, en cambio la
bilateral, obviamente, puede progresar hacia la falla renal.
Evolución y curso de la PN. Las posibilidades comprenden:
· Curación con cicatrices de extensión variable. Cuando las cicatrices son
grandes pueden menoscabar la función renal ("riñón retraído
pielonefrítico"), favorecer nuevas infecciones y complicarse con
hipertensión arterial o litiasis.
· Extensión en forma de una PN flegmonosa o apostematosa, o en forma de
perinefritis, abscesos perinefríticos, piemia u otras septicemias.
· Mantenerse por persistencia de factores predisponentes o de gérmenes
resistentes al tratamiento.
· Transformación en PN crónica que puede llevar a la insuficiencia renal.
Complicaciones. La sepsis es la complicación más frecuente, porque las diversas cepas de
bacilos gramnegativos entéricos son capaces de producir bacteriemia sintomática
o choque séptico. Otras complicaciones comprenden: recurrencia de PN,
obstrucción urinaria, desequilibrio hidroelectrolítico, xantogranulomas,
absceso renal, bacteremia, síndrome de respuesta inflamatoria grave, síndrome
de insuficiencia respiratoria progresiva, insuficiencia renal aguda y muerte.
PN enfisematosa. Es una infección asociada a mortalidad elevada; se caracteriza por
producción de gas en el parénquima renal, sistema colector o tejido perirrenal.
Ocurre más comúnmente en diabéticos, ancianos, y se asocia a uropatía
obstructiva resultante de necrosis papilar o cálculos ureterales causados por
los tradicionales gérmenes gramnegativos.
Absceso. Las infecciones del riñón y espacio perirrenal ocurren como una gran
variedad de entidades clínicas y pueden ser divididas en procesos intrarrenales
y perirrenales. En las dos últimas décadas, con el advenimiento de técnicas de
imagen más sensibles han sido de utilidad para localizar el sitio exacto
afectado, y se han clasificado en: absceso de corteza renal, absceso
corticomedular, PN xantogranulomatosa, nefritis bacteriana focal aguda, y
nefritis bacteriana multifocal (FIGURAS 6 y 14B). La PN xantogranulomatosa es una
entidad clínica de características histopatológicas definidas cuyo diagnóstico
diferencial suele ser elaborado al tener que realizarse desde el punto de vista
clínico con neoplasias, fundamentalmente con el carcinoma renal. La
tuberculosis renal también es un motivo de diagnóstico diferencial.
PN en el embarazo. Uno de los cambios más importantes que se producen durante el embarazo es
el que interesa a las vías urinarias. Durante la primera parte de la gestación
se desarrolla un hidrouréter fisiológico, que se mantiene hasta el término,
causado por las propiedades relajantes del músculo liso que posee la
progesterona y por la presión que el útero grávido ejerce sobre los uréteres. También
disminuye el tono vesical y su volumen total puede duplicarse sin provocar
molestias o urgencia miccional. Además de estos cambios fisiológicos, en el
4-8% de las mujeres, se encuentra en el embarazo una bacteriuria asintomática
que si no es tratada, entre el 20 y 40% de los casos, desarrollarán PN aguda. No
es raro, por lo tanto, que una mujer embarazada presente signos y síntomas de cistitis
y PN
MANIFESTACIONES CLINICAS
Los signos clínicos asociados con las IU bacterianas
caninas son variables y dependen del foco infeccioso, duración del proceso,
número y virulencia de los microorganismos, y respuesta del huésped a los
microbios invasores. En los animales inmunosuprimidos o con enfermedad crónica,
la IU bacteriana puede ser asintomática. La anamnesis y hallazgos del examen
físico colaboran localizando la enfermedad en las vías urinarias pero no son
específicos de una condición bacteriana. Los antecedentes asociados con la IU
inferior incluyen estranguria o disuria, polaquiuria, incontinencia, hematuria
(macroscópica o microscópica) y olor o color anormal de la orina. Como problema
singular, la infección confinada a las vías inferiores no ocasionan signos
sistémicos. Los antecedentes asociados con la IU superior por lo regular
incluyen poliuria y polidipsia debido a las toxinas de origen microbiano que
operan en el túbulo distal inhibiendo la actividad de la hormona antidiurética
(HAD); pero esto no siempre es así. Los signos de enfermedad sistémica pueden o
no estar presentes. El examen físico del animal con IU superior o inferior
puede no mostrar alteraciones de interés. La IU inferior puede asociarse con
una vejiga pequeña, firme, engrosada y dolorosa a la palpación. La IU superior
puede cursar con fiebre, dolor abdominal (localizado en el riñón) y riñones
agrandados o de tamaño normal. Es difícil diferenciar entre IU inferior y
superior (así como también de la prostatitis), pero esto debería ser intentado
para evitar el daño renal en perros con PN, los cuales requieren tratamiento
antibiótico prolongado y supervisión cercana. Los animales con PN bacteriana
aguda y prostatitis pueden manifestar signos sistémicos inespecíficos de letargia,
depresión, anorexia, fiebre y leucocitosis, los cuales rara vez ocurren en
presencia de infecciones bacterianas de la vejiga urinaria y uretra. Sin
embargo, estos signos sistémicos a menudo no se presentan en los casos de PN y
prostatitis crónicas. La PN bilateral puede causar falla renal y la resultante
azotemia junto a la pérdida de la capacidad de concentración urinaria. Varios
métodos fueron desarrollados para diferenciar entre IU superior e inferior en
pacientes humanos (véase RECUADRO
de DIAGNOSTICO MICROBIOLOGICO, y
próxima sección); empero, estos estudios son de ejecución engorrosa y en
algunos casos no demostraron ser confiables en los pacientes veterinarios. De
cualquier manera, creemos que es interesante conocer, al menos, parte de tal
información.
Expresividad
clínica de la IU en la edad pediátrica
La importancia del diagnóstico correcto y preciso de la
IU en pediatría se fundamenta en que, frecuentemente representa el acontecimiento
inicial que puede identificar algunos pacientes con riesgo de padecer
consecuencias evolutivas de una PN crónica. Por este motivo, surge la necesidad
de evaluar a estos niños bajo una doble perspectiva: el diagnóstico
"agudo" de enfermedad y el diagnóstico "evolutivo" o de
riesgo de secuelas. Esta evaluación supone el uso de técnicas que permitan
obtener imágenes del sistema urinario. Los estudios de imágenes permiten
orientar la participación del parénquima renal en el proceso inflamatorio-infeccioso
con el riesgo de cicatrización y determinar la existencia de uropatías
subyacentes con el riesgo de PN crónica. Así, se busca establecer el pronóstico
a largo plazo y prevenir la insuficiencia renal crónica e hipertensión
arterial. La IU se ha asociado históricamente al reflujo vesicoureteral (RVU) y
PN crónica en un trinomio indivisible, entidad conocida como "nefropatía
del reflujo." Sin embargo, la nefropatía cicatrizal incluye distintos
tipos de patología renal asociadas o no a RVU, con presencia o ausencia de IU y
de lesiones congénitas. La gammagrafía renal con DMSA es una técnica de
medicina nuclear que muestra la morfología y la función renal utilizando un
radiofármaco (el ácido dimercaptosuccinico marcado con 99mTc metaestable) que
se comporta como un marcador cortical. Se la considera como la exploración más
importante para confirmar el diagnóstico de PN aguda (FIGURA 7). El parámetro analítico mejor relacionado con el
resultado del DMSA es la proteína C reactiva (PCR) (véase más adelante).
En pediatría se introdujeron los
términos de IU complicada o de riesgo (aquellas que cursan con fiebre >39
ºC, mal estado general, aspecto tóxico, vómitos, deshidratación grave y
deficiente cumplimiento terapéutico) e IU simple o no complicada (para las que
cursan con fiebre moderada, estado general aceptable, posibilidad de
administrar tratamiento oral, ausencia de signos de deshidratación y
cumplimiento terapéutico asegurado), debido a la gran dificultad para determinar
qué niños sufren PN o cistitis. Recientes estudios que han utilizado los
hallazgos en la gammagrafía renal Tcc99 DMSA para adscribir topograficamente
las IU, han demostrado que más del 75% de los niños menores de 5 años con IU
febriles, eran portadores de PN y que la persistencia de estas lesiones
conducía a cicatrices renales permanentes, en un porcentaje que varía entre un
27-64%. Estos resultados alertan sobre el hecho de que la población de mayor
riesgo para desarrollar cicatrices renales son los niños menores de 4 años, los
portadores de RVU de alto grado u obstrucción de vias urinarias y aquellos que
sufren algún retraso en la instauración del tratamiento. La adscripción
topográfíca en la IU se considera necesaria con vistas a la instauración de un
tratamiento apropiado. Como ha quedado expuesto, la diferente y muchas veces
inespecífica expresividad clínica, no permite distinguir entre IU de vías altas
y bajas. Por ello se ha tratado de buscar marcadores biológicos con el único
objetivo de completar la evaluación de la gravedad de la infección y nunca de
reemplazar los criterios diagnósticos bacteriológicos de la IU. El hallazgo de
un marcador ideal permitiría afrontar el manejo del paciente en régimen
hospitalario o ambulatorio, pautar un tratamiento personalizado por vía
parenteral u oral, así como protocolizar razonadamente los estudios de imagen a
llevar a cabo para investigar la posible afectación renal. De los numerosos
marcadores de IU utilizados en la edad pediátrica, los que han mostrado hasta
el momento mayor relevancia son: proteína C reactiva (PCR), citocinas y
procalcitonina (PCT).
Proteína C reactiva. La PCR es un reactante de fase aguda
que forma parte de las proteínas de la inflamación, un grupo multifuncional
compuesto por factores de complemento, proteínas de la coagulación, inhibidores
de las proteasas y otras numerosas proteínas que pueden variar de forma
importante tras una agresión tisular. La PCR, como la mayor parte de las
proteínas de la inflamación, se genera en los hepatocitos bajo el control del
factor de necrosis tumoral (TNF) y las interleucinas (IL), concretamente IL-1 e
IL-6. La producción de PCR se inicia a las 4-6 horas de la agresión inicial y
alcanza el pico máximo alrededor de las 36 horas. Su producción se mantiene
constante mientras el proceso inflamatorio o infeccioso se encuentra activo
pero, una vez controlado, su nivel en sangre desciende rápidamente debido a su
corta vida media, estimada en unas 4-7 horas. Aunque la elevación de la PCR
sérica no constituye un signo específico de infección bacteriana, se ha
demostrado que en presencia de un proceso de este tipo, su producción es más
intensa y, en consecuencia, se alcanzan niveles más elevados que cuando se
trata de un síndrome inflamatorio. Ante cualquier agresión bacteriana, la
secreción de PCR va precedida de un aumento de los niveles de IL-6. Numerosos
estudios han confirmado que las tasas elevadas de PCR son características de
las infecciones más graves, lo que permitiría identificar a IU complicadas o
con riesgo de producir secuelas renales. No obstante, el valor predictivo de
este reactante de fase aguda no se ha mostrado superior al de la fiebre o la
velocidad de sedimentación globular (VSG). A la luz de la experiencia acumulada
hasta la fecha, no parece que la PCR pueda considerarse de utilidad en el
diagnóstico de localización de la IU, ya que no es un marcador suficientemente
descriminativo para ser utilizado de forma aislada. Sin ambargo, la PCR sérica
ha mostrado tener gran utilidad para monitorizar a los pacientes con vistas a
conocer la efectividad del tratamiento una vez realizado el diagnóstico de IU. Los
niveles de PCR sérica disminuyen rapidamente cuando el tratamiento antibiótico
es el adecuado, manteniéndose elevados cuando la terapéutica es ineficaz.
Citocinas. La importancia de las citocinas como
respuesta a una agresión bacteriana ha sido ampliamente demostrada. Su
producción en el mismo lugar de la infección, precede incluso a la aparición de
la fiebre, síntesis de las proteínas de la inflamación y respuesta de los
neutrófilos. Las citocinas son muy inestables, por lo que las muestras de
sangre para su determinación deben ser centrifugadas de inmediato y el plasma
congelado. Las principales interleucinas estudiadas en la IU han sido la IL-6 e
IL-8. Conocida su cinética, relativa facilidad de determinación y marcada
producción en el transcurso de episodios infecciosos, era presumible que
pudieran jugar un importante papel en la génesis de la lesión renal. En
términos generales la determinación en orina ha resultado de mayor utilidad
para el diagnóstico de IU que la investigación en sangre. La excreción urinaria
de citocinas varía con la gravedad de la infección, virulencia de la cepa
infectante y edad del paciente. Por ello las cifras más elevadas se observan en
las IU graves. La IL-6 se ha mostrado mucho más sensible que la IL-8. La
excreción urinaria de citocinas, sin embargo, tiene un mayor valor pronóstico
que la determinación sérica. En este sentido se ha demostrado que la tasa de
IL-6 urinaria, se comporta como un excelente marcador de lesiones renales
secundarias a IU, lo que permite suponer que estas citocinas urinarias
constituyen un buen reflejo de los fenómenos inflamatorios a nivel del
parénquima renal. A pesar de estos resultados, los negativos falsos son
comunes.
Procalcitonina. Es un polipéptido, precursor de la calcitonina de 116 aminoácidos que puede
ser segregado, sin producción de calcitonina, por diferentes tipos celulares
todavía no identificados, aunque muy probablemente los macrófagos sean uno de
ellos. Aunque su mecanismo de acción no se conoce con exactitud, se comporta
como un marcador precoz y sensible de las infecciones bacterianas graves. Se
han observado tasas elevadas de PCT en el curso de infecciones generalizadas, bacterianas,
fúngicas y parasitarias. En caso de infección bacteriana invasiva, los niveles
séricos se muestran muy elevados; mucho menos cuando la infección es
localizada. Se ha llegado a la conclusión de considerar a la PCT como el único
marcador que se correlaciona con la intensidad de las lesiones renales en la PN
aguda infantil. Ni la IL-6 ni la PCR sericas mostraron variaciones predictivas
de lesiones secuelares. Su utilidad en el diagnóstico de las IU febriles parece
prometedor si tenemos en cuenta que la PCT, ha sido el único marcador que ha
mostrado correlación positiva con la intensidad de las lesiones renales
pielonefríticas detectadas por gammagrafía renal Tcc99 DMSA. Por la experiencia
acumulada hasta la fecha, se puede afirmar que la PCT puede ser, en el contexto
inflamatorio, un marcador específico y precoz de infección, particularmente
bacteriano. Parece mostrarse superior a la PCR y la IL-6, considerados como los
marcadores biológicos clásicos, y más específica que la PCR para el diagnóstico
de infección bacteriana y con un mejor valor predictivo positivo. Su elevación,
que se correlaciona con la gravedad de la infección bacteriana sistémica, puede
tener además un valor pronóstico. A pesar de ello se desconoce todavía porqué
la PCT no aumenta o lo hace sólo moderadamente en situación de infección
bacteriana localizada. Por otra parte, no existe un valor de corte de PCT que
permita, con una especificidad del 100%, diferenciar la etiología infecciosa de
la no infecciosa.
Nuevos marcadores. Se ha señalado la utilidad diagnóstica
del complejo elastasa-alfa-1-antitripsina de los polimorfonucleares como
marcador de afectación renal (PN aguda confirmada con gammagrafía). La
alfa-1-microglobulina urinaria, determinada mediante inmunonefelometría, se ha estudiado
también como marcador de PN aguda demostrándose que el cociente alfa-1
microglobulina/creatinina ofrece una alta sensibilidad y especificidad para
detectar lesiones pielonefríticas.
METODOS DE DIAGNOSTICO
GENERALIDADES
En los pacientes humanos, la IU por lo usual cursa con
signos y síntomas que indican la presencia de la infección (por ej., sensación
de malestar acompañada por urgencia de micción, hematuria, aumento de la
frecuencia miccional), fiebre, y dolor localizado en el flanco (renal) cuando
hay PN. Algunos perros con IU tienen signos de polaquiuria, hematuria u orina
de olor pestilente, pero no siempre presentan fiebre o evidencia de dolor renal
durante la palpación abdominal, ni se muestran deprimidos. Lamentablemente,
hasta el 80% de los pacientes caninos carecen de signos observables en
presencia de IU. En consecuencia, el diagnóstico de IU canina se realiza con el
laboratorio a partir de los resultados del examen microscópico minucioso del
sedimento urinario seguido por el urocultivo. Si bien la IU se confirma
mediante el examen y urocultivo, el conocimiento del método de recolección de
la orina y manipulación de la muestra es crucial en la evaluación diagnóstica. Todas
las muestras de perros normales recolectadas mediante cistocentesis antepúbica
son bacteriológicamente estériles. Las muestras de perros normales recolectadas
mediante cateterización y de especímenes evacuados tuvieron 26 y 85% de
crecimiento bacteriano, respectivamente (Comer y Ling, 1981). Los pacientes
inmunosuprimidos pueden tener mayor riesgo de IU iatrogénica si se realiza el
sondaje urinario. Los leucocitos, proteínas y bacterias que normalmente se
presentan en el orificio uretral externo pueden contaminar las muestras
recolectadas por medios diferentes de la cistocentesis, dificultando la
interpretación de la bacteriuria, piuria y proteinuria. La cistocentesis es un
método de recolección de orina bien descripto, tiene escasa morbilidad, y es el
único procedimiento que rinde un espécimen libre de contaminantes (Ling, 1976;
Osborne, 1977).
Para los conocimientos vigentes, no es
posible decir que la IU motivada por el microorganismo "A" debe ser
tratada, mientras que la infección promovida por el agente "B" puede
ser ignorada. Además, la sintomatología de IU o su ausencia no es un anticipo
adecuado de la morbilidad y no puede ser empleada para justificar las
decisiones referidas a iniciar el tratamiento. Por lo tanto, recomendamos con
firmeza el reconocimiento temprano, tratamiento propicio, y seguimiento
vigoroso de todas las IU en perros, con independencia de la especie de bacteria
infectante, presencia o ausencia de manifestaciones clínicas, o el número de
leucocitos en el sedimento urinario. Las serias consecuencias de la IU casi
siempre son evitables si la infección es reconocida con precocidad y tratada
con adecuación. En consecuencia, resulta fundamental solicitar el urianálisis
completo, incluyendo el examen detallado del sedimento, como parte de cualquier
estudio de laboratorio rutinario o basal, y recolectar la orina de manera que
se elimine la posibilidad de contaminar la muestra con leucocitos y bacterias
desde la uretra o del exterior del sistema urinario (por ej., vagina o
prepucio), a los efectos de llevar a cabo la determinación exacta de la
presencia o ausencia de IU.
ANALISIS DE
ORINA
Recolección/manipulación de la orina. El urianálisis completo, incluido el examen microscópico
del sedimento, es un método económico, rápido y relativamente preciso para
determinar la presencia o ausencia de IU. Sin embargo, un aspecto simple pero a
menudo pasado por alto es la recolección de muestras, la cual es de vital
importancia en el diagnóstico preciso de la IU en perros. A los efectos de
alcanzar una precisión aceptable, la muestra debe ser obtenida de tal manera
que se elimine por completo la posibilidad de contaminación con leucocitos o
microorganismos desde la uretra, vagina o prepucio. Las bacterias residentes y
transitorias pueden actuar como contaminantes cuando las muestras son recolectadas
mediante cateterización vesical o desde la micción. El concepto de
"bacteriuria significativa (IU) vs no significativa (contaminación)"
se ha originado en el intento de resolver las dificultades en la
interpretación, motivadas por la contaminación microbiana de los especímenes
urinarios en pacientes humanos. En los perros, los cultivos de muestras
obtenidas mediante cateterización son indicativas de IU (bacteriuria
significativa) si el número de microbios es de 104 colonias/ml o mayor en los machos y de 105 colonias/ml o mayor en las hembras. La bacteriuria
significativa en ambos sexos es de 105 colonias/ml o mayor en la orina obtenida desde la micción. La bacteriuria
significativa se considera como cualquier proliferación microbiana obtenida en
muestras recolectadas mediante cistocentesis antepúbica en perros. La
proliferación dentro de la muestra individual de más de 3 especies bacterianas
debería ser considerada evidencia de contaminación del espécimen, sin importar
el método de recolección.
La abundancia de leucocitos y presencia
de bacterias en el sedimento son los dos indicadores más confiables de IU. En
efecto, tales rasgos fueron asociados con proliferación microbiana en cultivos
(IU) en más del 92% de las muestras que se recolectaron mediante cistocentesis
antepúbica. Como ya se mencionara, la cistocentesis es el único método de
recolección que redunda en especímenes no contaminados. Es una técnica segura,
rápida y de ejecución sencilla, y no es traumática ni dolorosa si es realizada
con adecuación respetando unas pocas pautas simples. Un método para obtener la
orina mediante cistocentesis incluye el empleo de la ultrasonografía. Después
que el animal es colocado en decúbito dorsal en la camilla, el transductor es
aplicado sobre el abdomen de manera que la vejiga urinaria sea visualizada
sobre la pantalla del ecógrafo. El trayecto de la aguja es seguido con el haz
ultrasónico y la vejiga es penetrada con facilidad con mínima práctica,
obteniendo muestras incluso en presencia de un volumen reducido de orina. Si la
aguja no logra penetrar en la vejiga (no se puede extraer orina luego de
colocar la aguja), se la debe retirar desde el abdomen y se la sustituye junto
a la jeringa antes de repetir el procedimiento. Esto es necesario porque es
probable que la aguja y jeringa se hayan contaminado con las bacterias de la
piel o contenidos intestinales debido a su pasaje inadvertido a través de un
asa entérica.
La cateterización de los machos para
examen del sedimento o cultivo es aceptable pero se la recomienda sólo si la
cistocentesis no puede ser cumplimentada. La muestra por lo usual estará
contaminada con leucocitos y microorganismos uretrales. La magnitud de ésta
contaminación es variable en los machos. La cateterización de las perras para
examen del sedimento o cultivo no se recomienda, porque el espécimen casi
siempre tiene contaminación franca con glóbulos blancos o bacterias de la
vagina y/o uretra. La presencia de tales células puede dar la falsa impresión
de IU, ya sea porque el sedimento posee cantidades excesivas de leucocitos y/o
microbios urogenitales, o porque el urocultivo es positivo como resultado de la
contaminación a partir de las mismas fuentes. La contaminación de las muestras
obtenidas mediante cateterización se puede reducir en cierta manera descartando
los primeros ml de orina que fluyen o extrayéndolos desde el catéter. La
cateterización de las perras para obtener orina no es un procedimiento estéril.
Aun cuando la vulva sea higienizada antes de insertar el catéter, no hay un
modo práctico para eliminar los microorganismos que normalmente se adhieren a
la mucosa vaginal y uretral. Prescindiendo de la cautela con que se realiza el
sondaje, las bacterias casi siempre son introducidas en la vejiga como
resultado del contacto de la punta de la sonda con la mucosa vaginal y uretral.
Se comunicó que el 20% de las perras normales experimentaban IU luego de la
cateterización para extraer orina, y el porcentaje probablemente sea más
elevado en los animales con enfermedad sistémica, inmunosuprimidos o con vías
urinarias anormales. Los catéteres permanentes (colocados durante más de 24
horas) se asociaron con el desarrollo de IU en 11 de 20 perros (Barsanti JA y
col., 1985).
La recolección de una muestra miccional
para examen del sedimento o urocultivo no es una práctica aceptable porque es
imposible prevenir la contaminación con glóbulos blancos y microorganismos
urogenitales. Los resultados del recuento de leucocitos y bacterias del
sedimento y los cultivos de las muestras evacuadas casi siempre son imprecisos.
En un estudio sobre la magnitud de la contaminación de muestras miccionales, en
perros con orina bacteriológicamente estéril cuando las muestras se
recolectaban con cistocentesis, se obtuvo crecimiento microbiano en el 85% de
los especímenes recogidos muestreando a mitad de corriente. Las muestras
evacuadas sin leucocitos o bacterias en el sedimento son tan buenos especímenes
como los recolectados mediante cistocentesis para determinar que no existe IU. Por
ello, es posible establecer la ausencia, pero no la presencia, de IU con la
orina recolectada con este método.
Las muestras de orina deben ser
refrigeradas dentro de los minutos de su obtención si el urianálisis o cultivo
no puede ser efectuado en 15 minutos. Las bacterias entéricas gramnegativas
(por ej., E. coli) son capaces de
duplicar su concentración cada 30 minutos en los especímenes dejados a
temperatura ambiente. Si las especies entéricas y no entéricas con un tiempo de
duplicación más prolongado (por ej., estafilococos) están presentes en tal
espécimen, las primeras pueden superar en proliferación a las segundas. Los
especímenes para el cultivo cuantitativo pueden ser refrigeradas durante 6
horas sin incrementos significativos en los recuentos microbianos. Asimismo,
los resultados negativos falsos (falta de crecimiento en cultivo) pueden
suceder cuando la muestra es refrigerada durante un período extenso (12-24
horas, dependiendo del microorganismo presente) o si el espécimen se congela. La
prioridad es procesar todas las muestras urinarias tan pronto como sea posible
después de la recolección para evitar potenciales problemas de manipulación. La
refrigeración y almacenamiento prolongado pueden alterar la morfología de los
cristales en la orina, alterar el pH y matar a ciertos uropatógenos
fastidiosos.
Urianálisis/examen del sedimento. La única determinación realizada durante la parte
macroscópica del urianálisis de asistencia directa para valorar la presencia o
ausencia de IU es la densidad de la orina. Para una precisión aceptable, este
parámetro debería ser medido directamente con un refractómetro. Algunas tiras
reactivas miden la densidad, pero los resultados no se correlacionan bien con
los obtenidos mediante el refractómetro. El conocimiento de la densidad es de
utilidad, porque si es >1.013, cuando se asocia con cantidades normales de
leucocitos y sin bacterias visibles en el sedimento, es altamente sugestiva de
ausencia de IU. Sin embargo, una densidad < 1.013 puede enmascarar la
presencia de IU por la dilución de los leucocitos y microorganismos por debajo
del límite de determinación. Esto puede dar la falsa impresión de ausencia de
IU.
Las reacciones de proteínas y sangre a
menudo son positivas en los casos de IU, pero su especificidad es reducida
porque tales resultados también pueden estar causados por enfermedades o
condiciones no relacionadas con la IU. El valor del pH urinario, per se, no es
un indicador confiable sobre la presencia de IU, aun cuando la IU causada por Proteus sp. a menudo cursa con pH básico
(TABLA 1). Las tiras reactivas también pueden
medir nitritos que se suponen testean por bacterias reductoras de nitrato. La
evaluación de los leucocitos utilizando tiras reactivas (esterasa leucocitaria)
es poco confiable para detectar IU en perros, porque los negativos falsos, que
pueden superar el 10% en ausencia de un examen del sedimento, representan un
inconveniente significativo con la orina canina (Vail y col., 1986).
Después de completar la parte
macroscópica del urianálisis, un volumen estándar (por ej., 5 ml) de la orina
remanente debe ser colocado en un tubo y centrifugado a 100 x G durante 3-5
minutos a los efectos de concentrar los elementos formes del espécimen. El
sobrenadante luego es decantado y el material remanente en el fondo del tubo se
emplea para la parte microscópica del análisis. Una gota bien mezclada de este
material se puede colocar sobre un portaobjetos seco y limpio y tapado con un
cubreobjetos. El colorante nuevo azul de metileno se puede utilizar para acrecentar
la visualización de ciertos elementos formes en el extendido. La preparación
debe ser explorada con un objetivo a bajo poder (10 X) y para mejores detalles
celulares y presencia de bacterias se emplea el objetivo de alto poder (40 X). Los
leucocitos, eritrocitos, y células epiteliales son expresados en cantidades por
campo de alto poder (CAP); los microorganismos se describen como presentes o
ausentes, características morfológicas (cocos, bacilos), y sus cantidades son
expresadas como 1 a 4+/CAP. Otros elementos formes (por ej., cilindros, huevos
de parásitos) son registrados. Para un examen completo, aproximadamente 100
campos microscópicos de alto poder deben ser explorados durante el análisis del
sedimento. El sedimento debe ser evaluado por la presencia de leucocitos,
eritrocitos, y microorganismos, hallazgos compatibles con inflamación y
posiblemente la infección. Las muestras recolectadas mediante cistocentesis que
tienen evidencia de inflamación localizan la enfermedad en la vejiga, uréteres
o riñones. La orina normal recolectada mediante cistocentesis debería tener
< 3 leucocitos/CAP. La evidencia de piuria puede indicar infección o
inflamación que no se asocia con microorganismos.
Se ha sugerido que la IU puede carecer
de importancia clínica a menos que haya indicios de respuesta a la infección
con grandes cantidades de leucocitos en el sedimento, y la presencia de
manifestaciones clínicas. Sin embargo, se debe recordar que las interacciones
huésped-parásito en la IU están influidas por muchos factores que afectan la
respuesta del animal a la infección. Algunos animales que padecen enfermedades
(por ej., diabetes mellitus o hiperadrenocorticismo), o que están medicados con
corticosteroides o drogas antineoplásicas, son incapaces de montar una respuesta
leucocitaria urinaria constante frente a la IU. Por ejemplo, se informó que
sólo el 54% de los perros tratados con esteroides por dermatosis crónica
tuvieron más de 3 leucocitos/CAP en orinas infectadas (Ihrke y col., 1985). Asimismo,
ciertos microbios (por ej., Pseudomonas sp.
en machos, Streptococcus sp. en
hembras) no inducen respuesta leucocitaria urinaria en todos los perros. La
respuesta leucocitaria urinaria puede ser inaparente en pacientes que producen
orinas muy diluidas, porque los leucocitos en la orina pueden disminuir hasta
niveles despreciables por la dilución. La magnitud de la respuesta leucocitaria
urinaria a la IU también parece ser variable en diferentes momentos dentro del
mismo huésped. Si en un animal con IU se analizan varios especímenes urinarios,
en ocasiones habrá exceso de leucocitos en el sedimento, y a veces su cantidad
estará dentro del rango normal aceptado.
La cilindruria, especialmente los
cilindros celulares, indica la presencia de nefropatía y, si se asocia con bacteriuria
significativa, es sugestiva de PN bacteriana. La hematuria en ausencia de
piuria puede ser iatrogénica (por la cistocentesis) o resultante de sangrado
renal o vesical no relacionado con inflamación o infección. La visualización de
bacterias en la orina no contaminada recolectada mediante cistocentesis
confirma una IU bacteriana; sin embargo, la ausencia de bacterias no la
descarta. Los bacilos pueden no ser visualizados durante el examen del
sedimento urinario si están en concentraciones < 104/ml; los cocos pueden no ser visualizados si están en
concentraciones < 105/ml. La infección de la orina con bacterias ureasa-positiva (por ej., Proteus sp. o Staphylococcus sp.) puede redundar en el incremento del pH urinario
(> 7,5), predisponiendo al desarrollo de la urolitiasis de estruvita. La
visualización de los cristales de estruvita, junto a un pH alcalino y evidencia
de inflamación urinaria, son hallazgos significativos y debería indagarse con
urocultivo y radiología o ultrasonografía para evaluar la presencia de
urolitiasis. Empero, como ya mencionaramos, la alcaluria como dato aislado no
es sinónimo de IU (véase TABLA 1). Los elementos fúngicos rara vez son
visualizados durante la evaluación microscópica del sedimento pero pueden ser
indicativos de infección micótica sistémica. La Candida sp., normalmente residente sobre la mucosa de los genitales
externos, puede transformarse en patógeno oportunista en los pacientes
inmunosuprimidos.
UROCULTIVO
El urocultivo es la base para el diagnóstico de la IU. Las
indicaciones para solicitar el urocultivo incluyen la visualización de
bacterias durante el examen del sedimento, evidencia de piuria, orina diluida
(<1,013) y posible inmunosupresión. Empero, teniendo en cuenta que las
bacterias, así como otras anormalidades del sedimento, no siempre se observan
durante el examen en los animales con IU, en especial si la orina es
hipostenúrica o isostenúrica, los urocultivos deben ser realizados para
confirmar la presencia y tipo de microorganismo. La orina debe ser recolectada
para cultivo antes de instituir la antibioticoterapia. El urocultivo
cualitativo identificará la especie microbiana; sin embargo, no determina su
cantidad. Los resultados del urocultivo deben ser interpretados considerando el
método de recolección, como ya se mencionara. El urocultivo cuantitativo
determina el número de microbios/unidad de volumen, identifica la especie
microbiana, y es el método preferido de cultivo para la orina recolectada por
cualquier método. Recuérdese que la orina para cultivo debe ser procesada
dentro de los 15 minutos pero puede ser refrigerada hasta 6 horas sin modificar
la proliferación bacteriana. La inoculación de la orina sobre placas de agar
sangre y MacConkey, y su incubación en la clínica, es más económico que enviar
el espécimen a un laboratorio diagnóstico comercial para el mismo servicio. Las
técnicas culturales e identificación tentativa de la especie son de fácil
aprendizaje para el veterinario o personal técnico. Todas menos uno de las
especies de microorganismos que comúnmente se asocian con IU canina crecen con
rapidez sobre los medios culturales, de manera que las colonias reconocibles se
presentan luego de la incubación nocturna a 37 ºC. La excepción es el Mycoplasma sp., que demanda 2-5 días
para aparecer. Asimismo, las colonias son bastante distintivas para la mayoría
de las especies microbianas que ocasionan IU, por ello luego de la incubación,
las placas pueden ser examinadas en la clínica y hacer la identificación
tentativa basada en la morfología de la colonia y características del
crecimiento in vitro. Esta capacidad a menudo permite seleccionar un agente
antimicrobiano apropiado con mayor rapidez que si el espécimen es remitido a un
laboratorio comercial. Existen circunstancias donde los urocultivos resultan
estériles a pesar de observarse bacterias en el sedimento, y los motivos pueden
incluir:
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· Microbios no viables (terapia antimicrobiana) en el momento de la
recolección. · Muestra contaminada en la recolección y preservada sin adecuación. · Uropatógenos fastidiosos muertos antes del urocultivo. · Técnica cultural inadecuada. · Estructuras no bacterianas en el sedimento confundidas con
microorganismos. |
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