Lopez Pablos Alicia*, Subirós Isabel†,
Taibo Rubén‡
*Laboratorio de Citopatología; Clínica Médica. †Ecografista, miembro
AVCR (American Veterinary College Radiology). ‡Clínica Médica; Consultor
Editorial.
|
RESUMEN: Se describe la efusión pericárdica,
sus características generales, secuelas, reconocimiento y principios de
manejo. Se destaca el valor de la pericardiocentesis percutánea ecoguiada,
incluyendo una casuística reducida a modo de ilustración, y se hace una
introducción panorámica al terreno de la neoplasia cardíaca, una de las
etiologías más significativas de las colectas pericárdicas. Finalmente, se
ofrece una amplia variedad de recursos bibliográficos para el lector
interesado en profundizar alguno de los tópicos considerados. |
El término efusión
pericárdica (EP) indica un volumen de líquido excesivo dentro del saco
pericárdico. Sin dudas constituye la alteración pericárdica más comúnmente
encontrada en los perros y gatos, y la etiología más probable de taponamiento
cardíaco e insuficiencia cardíaca congestiva (ICC) derecha. La EP puede
desarrollarse debido a: (1) trasudación, secundaria a ICC, quistes,
hipoalbuminemia, infecciones o toxemia, u otras causas de hiperpermeabilidad
vascular; (2) exudación infecciosa o aséptica (uremia); y (3) hemorragia
intrapericárdica asociada a neoplasia del corazón o pericardio, idiopática en
caninos, y menos frecuente, trauma externo o ruptura cardíaca (generalmente del
atrio izquierdo [AI] secundaria a insuficiencia mitral crónica) o trastornos de
la coagulación (Tabla 1). Las enfermedades pericárdicas con
frecuencia son pasadas por alto o confundidas con otras afecciones cardíacas no
solo debido al hecho que representan un porcentaje relativamente menor de las
condiciones cardiovasculares caninas y felinas, sino también porque los
hallazgos físicos suelen ser inespecíficos. Claramente, la EP representa un
síndrome de triple desafío: (1) se debe establecer que está presente; (2) se
debe definir su etiología; y (3) se debe buscar la resolución. El manejo
satisfactorio, por lo tanto, dependerá de tener en cuenta como prioridades a
cada uno de estos puntos.
El pericardio es un saco fibroso que envuelve al corazón y
que se une a la adventicia de los grandes vasos de la base cardíaca. Su cara
interna está recubierta por el pericardio seroso, llamado epicardio. El epicardio
está formado por un estrato delgado de células mesoteliales que cubren la
lámina propia, la cual contiene fibras elásticas; y se divide en dos porciones:
la que recubre al pericardio fibroso se denomina cara parietal y la que está en
contacto con el corazón, visceral. Estas dos porciones se encuentran en íntimo
contacto entre sí y son lubricadas por una mínima cantidad de líquido (2,5 a 15
ml).
La EP en animales pequeños se clasifica en aguda o crónica,
mientras que en pacientes humanos un criterio de categorización comprende:
aguda si los síntomas duran < 1,5 meses, subaguda si > 1,5 y < 3 meses,
y crónica si > 3 meses o descubierta incidentalmente. En la presentación
crónica predominan los signos de IC derecha de comienzo gradual, mientras que
la aguda se caracteriza por disminución del volumen minuto y estado de choque.
El taponamiento cardíaco depende de varios factores, incluyendo volumen de
colecta, velocidad de acumulación (aguda versus crónica) y naturaleza física
del pericardio. Si el líquido se acumula lentamente, el pericardio se
hipertrofia y estira de manera que puede acomodar varios cientos de ml sin un
aumento significativo de la presión. Cuando la presión intrapericárdica supera
a la presión de lleno diastólico del ventrículo derecho (VD) se produce el
taponamiento cardíaco (Figura 1). El atrio derecho (AD) y VD al
poseer presiones de lleno menores que las cámaras izquierdas se afectan con
mayor predominio cuando se produce un aumento de la presión intrapericárdica.
La nivelación de las presiones intracardíaca e intrapericárdica redunda en la
disminución de la presión de distensión transmural y volúmenes diastólicos de
ambos ventrículos. La reducción de la precarga trae como consecuencia menor
volumen minuto e ICC. Para compensar esta situación se disparan diversos
mecanismos que incluyen la activación del sistema nervioso simpático (aumento
de la frecuencia cardíaca y contractilidad), vasoconstricción, retención renal
de sodio y agua e incremento de las presiones venosas, los cuales, una vez superados,
conducen a la acumulación de líquido. La función sistólica miocárdica está
conservada.
Clínicamente, estos disturbios se pueden manifestar con
signos clínicos inespecíficos (por ej., letargia, anorexia, debilidad,
intolerancia al ejercicio), disnea, distensión abdominal y/o síncope o colapso.
Las manifestaciones inespecíficas tienden a presentarse antes de la aparición
de la ascitis, sobre todo en etiologías subagudas a crónicas. Si la etiología
es aguda, pueden faltar estos antecedentes y el cuadro estar tipificado por
signos de edema pulmonar, distensión yugular (reflujo hepatoyugular positivo) e
hipotensión sin la presencia de otras colectas (pleural y/o peritoneal) o de
cardiomegalia. Al examen físico, los tonos cardíacos pueden auscultarse
apagados (al igual que los sonidos respiratorios si hay pleurorrea), se detectan
palidez de las mucosas, pulsos arteriales débiles, retardo del tiempo de
llenado capilar, pulso venoso yugular, hepatomegalia y ascitis. En procesos
crónicos podría notarse la consunción muscular. En los casos con ICC grave se
pueden observar disnea y taquipnea secundarias a efusión pleural o peritoneal
marcadas. Las EP de escaso volumen no son evidenciables durante el examen
físico rutinario. La distensión abdominal por hepatomegalia y ascitis es común
(Figura 2),
pero como ya destacaramos, en los casos de EP agudas pueden faltar y predominar
los signos anticipatorios de un choque cardiogénico (Tabla 2). El ejemplo clásico
de una EP aguda inexorablemente fatal es el perro de tamaño pequeño a mediano
(que padece endocardiosis mitral grave crónica) y es encontrado muerto por los
propietarios o experimenta un colapso fatal repentino. En tales situaciones, se
verifica hemopericardio peragudo por desgarro pronunciado o ruptura AI con
taponamiento inmediato (imposible de corregir por su carácter clínico
impredecible).
Una maniobra semiológica que puede
utilizarse para sospechar en EP es la prueba de "pata-safena." El
paciente es colocado (sobre una superficie lisa como la camilla o suelo) en
decúbito lateral y la pata posterior (superior) es levantada (tomándola desde
los dedos sin comprimirlos) lentamente a la vez que se observa la vena safena
lateral. En teoría, la vena debería colapsarse cuando alcanza el nivel del AD
(trazar una línea imaginaria) bajo condiciones normales. En presencia de EP
acompañada con hipertensión venosa sistémica, el colapso ocurrirá a mucha mayor
altura (por ej., a 45 grados por encima del cuerpo). Finalmente, el choque de
punta puede ser débil en una EP voluminosa y la fiebre (acompañada o no con
dolor torácico) podría detectarse en presencia de pericarditis infecciosa.
Ecocardiografía (véanse recuadro de Pautas del ACC/AHA/ASE y Tabla 3)
Dentro de los objetivos de este artículo, no se encuentra la
intención de generar polémicas; empero, es necesario aclarar cierto choque
doctrinario que puede suceder cuando se coteja nuestro escrito con la
literatura internacional. En líneas generales, la bibliografía veterinaria
anglosajona se fundamenta en autores básicamente universitarios o catedráticos
que desempeñan sus labores en instituciones con amplitud de recursos y
protocolos estandarizados. Obviamente, esa es su experiencia y la (aprovechamos
y) respetamos como tal. En cambio, y sin entrar en los aspectos de nuestra
realidad cotidiana, a nosotros nos moviliza una doctrina básicamente clínica.
Esto es, buscar lo mejor para el paciente, en términos de seguridad y
eficiencia con una proporción de costos/beneficios razonable, y que lleve a la
resolución de sus problemas (si es factible). Por ello, sostenemos que la
ecocardiografía (luego del examen clínico detallado) es el método que brinda el
mayor número de respuestas en un paciente con signos de aparente origen
cardíaco (y también sin ellos); dejando como una segunda opción la eventual
solicitud de otros estudios (por ej., radiología y ECG) en la confirmación o
exclusión de una cardiopatía.
La ecocardiografía constituye la
técnica diagnóstica más sensible (y accesible en la práctica diaria) para la
detección de EP, incluyendo la identificación de colectas de escaso volumen
(por ej., apenas 10-15 ml) o asimétricas. El examen bidimensional (2-D) puede
ayudar a determinar su causa y muestra la EP como un espacio anecoico que rodea
al corazón, localizado entre las paredes ventriculares y el saco pericárdico (Figura 3).
Otros hallazgos incluyen diámetros ventriculares internos reducidos, movimiento
oscilante del corazón dentro de la EP y colapso protodiastólico del AD y/o VD.
La presencia de efusión pleural permite el examen del pericardio mismo. La EP
crea una ventana acústica que mejora la visualización de las estructuras
cardíacas normales y anormales, facilitando la detección y localización de
masas en la base o pericardio. Este estudio puede ser de utilidad para predecir
la accesibilidad quirúrgica de dichas lesiones. Las mismas pueden alcanzar un
tamaño considerable y ser fácilmente detectables, o diminutas y difíciles de
diferenciar de tejidos normales como la grasa periaórtica. Por lo general, en
los pacientes caninos se identifican tres tipos de residencias de lesiones en
masas: en el AD, en la base cardíaca y dentro del saco pericárdico. No
obstante, la ausencia de una lesión de apariencia tumoral no descarta la
posibilidad de enfermedad neoplásica, en particular procesos infiltrativos
difusos (por ej., mesotelioma).
Las EP voluminosas impiden la
valoración de la función cardíaca debido a que el corazón se mueve
erráticamente dentro de las mismas y aparece el movimiento septal paradójico.
La EP acompañada (o no) con taponamiento reduce el volumen de lleno (lo que se
refleja con disminución de los diámetros internos ventriculares en el modo M) y
volumen minuto derecho e izquierdo. Por consiguiente, el diagnóstico de
insuficiencia miocárdica debe realizarse luego de la resolución de la EP. En
presencia de EP crónicas puede producirse hipoxia miocárdica con la resultante
depresión de la función, la que puede perdurar durante días a semanas después
de la resolución.
Hasta aquí entonces queda claro que la
ecocardiografía confirma con rapidez y facilidad la presencia e impacto
hemodinámico de la EP. Empero, la determinación de los límites de la tolerancia
hemodinámica, antesala del taponamiento, es otro tema que podría generar cierta
confusión conceptual. "Taponamiento
ecocardiográfico" se traduce como colapso diastólico (> 30% del
ciclo cardíaco) de cámaras derechas (además de otras anormalidades como plétora
caval, variaciones respiratorias de las dimensiones camerales, etc.) debido a
una presión transmural negativa transitoria (presión pericárdica elevada en
relación con la intracardíaca) y que toma lugar ANTES del deterioro
hemodinámico advertido clínicamente. Algunos autores, también categorizan al derrame ecocardiográfico sin taponamiento
(reflejado como colapso caval inspiratorio). "Taponamiento clínico" es una tríada compuesta por
hipotensión arterial, hipertensión venosa y tonos cardíacos apagados, que sin
corrección inexorablemente conduce al choque cardiogénico mortal. Por cierto,
el colapso cameral derecho es habitual en presencia de EP moderadas a
voluminosas e incluso así es mínima la correlación con el taponamiento clínico.
De este modo, inferimos que el
taponamiento clínico siempre es agudo
(en contraposición con los autores que hablan de un taponamiento
"crónico"), ya sea por ser reciente o por que un derrame crónico se
agudiza volviéndose sintomático (de manera que está superando la tolerancia
establecida por la compensación). En nuestra experiencia, en general el
taponamiento ecocardiográfico es concurrente con el clínico, por que el estudio
suele ser solicitado en un animal ya sintomático. Por otra parte, en ocasiones
detectamos EP asintomáticas pero por cuestiones económicas (o aspecto saludable
del animal) su seguimiento es nulo. En cardiología humana, un criterio
establecido por algunos autores para definir al taponamiento como clínico es la
aparición del pulso paradójico. Pero el mismo es difícil de percibir en los
animales, sobre todo sino se tiene la costumbre de palpar los pulsos, y además
puede aparecer en casos de EP leves asintomáticas. Este pulso se caracteriza
por ser "anti-BETI" (Bradicardia-Espiratoria y Taquicardia-Inspiratoria) es decir su fuerza disminuye en inspiración.
Obviamente, la detección de tonos cardíacos apagados resultará sencilla en la
medida que se tenga la costumbre de auscultar a cada animal que es atendido. En
consecuencia, la decisión de drenar una EP deberá tener en cuenta no sólo los
hallazgos ecocardiográficos sino también (y sobre todo) la condición clínica
del paciente y proporción de riesgos/beneficios del procedimiento.
Pericardiocentesis
(PC)
Frank Schuh fue el primero en describir la técnica en 1840,
pero recién en 1979 el grupo de Tsang TS y col. de la Clínica Mayo asocia la
punción con la ecocardiografía 2-D, transformando a la PC percutánea ecoguiada
en el método de elección para el drenaje de las EP. Antes de la ecografía, la
PC, que era una maniobra ciega con acceso subxifoideo, con frecuencia se
asociaba con complicaciones serias resultantes del daño de órganos vitales. La
metodología 2-D, al permitir la visualización directa de las estructuras
cardíacas y órganos adyacentes, ha reducido al mínimo el riesgo. De todas
maneras, la PC ecoguiada resulta segura en tanto sea ejecutada por un
profesional con doble pericia (por uno lado estar entrenado en punciones
ecoguiadas [sobre todo a mano libre] y por el otro dominar el manejo de las
ventanas ecocardiográficas).
La PC se encuentra indicada en todos
los pacientes que padecen EP sintomática con una sola finalidad: estabilización
inicial del taponamiento cardíaco, pero secundariamente se recolecta material
para análisis (entonces satisface un doble objetivo). Este procedimiento reduce
la presión pericárdica, mejora el lleno cardíaco y alivia los signos clínicos,
al menos de manera temporaria (véase sección de Efectos del drenaje
pericárdico). Antes del procedimiento se realiza el rasurado y la preparación
aséptica del hemitórax derecho (3er a 8vo espacios intercostales). En los
pacientes inquietos puede emplearse sedación leve. El animal es colocado en
decúbito esternal o lateral, dependiendo de su conducta. En ocasiones, la PC
puede efectuarse en estación, pero resulta esencial la sujeción adecuada para
evitar la punción cardíaca o laceraciones pulmonares. El sitio de inserción de
la aguja puede determinarse de varias maneras. La técnica “a ciegas” requiere
que el paciente sea posicionado en decúbito lateral izquierdo. Esta posición
con frecuencia incrementa la dificultad respiratoria de los pacientes disneicos
(y en ciertos gatos puede ser suficiente para inducir una muerte
iatrogénica!!).
Como se mencionara, la guía ecográfica
ha mejorado de manera significativa la seguridad de este procedimiento al
facilitar la elección del lugar permitiendo también que el paciente se ubique
en posición de decúbito esternal o en estación. El sitio seleccionado será
aquel en el cual se observe la mayor cantidad de EP entre la pared torácica y
el corazón. Siguiendo los postulados de Tsang TS y col., el abordaje más seguro
para la PC estará dado por el acceso que resulte más cercano y directo a la EP
sin estructuras vitales interpuestas. Si bien existen dispositivos fijadores
("guías de biopsia") que se ajustan a los transductores y facilitan
la inserción de agujas, su problema es que no permiten variar la orientación o
trayectoria de la punción. Por ello, recomendamos la técnica "manual"
con la cual se tiene libertad de movimientos (los cuales serán inevitables!).
Para la PC ecoguiada se necesitan dos personas: el ecografista será el
encargado de posicionar la aguja dentro del saco pericárdico en todo momento y
evitar que la misma contacte el miocardio a medida que el pericardio se va
vaciando (Figuras
4A-C
y
5
). La aguja se acopla a una tubuladura de extensión y
ésta se asegura a la jeringa, que será aspirada por el asistente. La capacidad
de la jeringa utilizada no es un aspecto decisivo, aunque puede resultar más
práctico contar con dos de 30 cc que con una de 60 cc. Sin la tubuladura de
extensión, el procedimiento es mucho más complicado dado que tanto la punción
como la aspiración, y el cambio de jeringas, debe ser realizado por el mismo
operador (Figura
6A-B).
Se ha descripto la utilización de
diversos tipos de catéteres. En nuestra experiencia es más práctico emplear
directamente la aguja de tales dispositivos, descartando el catéter. Utilizamos
los catéteres 14 o 16GX2” Nipro SAFELET CATH (Nipro Medical, Industries Ltd,
Japan) cuyas agujas tienen un largo aproximado de 6 cm. El uso de catéteres
requiere la infiltración de la pared torácica con un anestésico local para
realizar una pequeña incisión cutánea. Una vez insertado, el catéter es
avanzado lentamente hacia el corazón. La penetración del pericardio puede o no
ser detectada. Cuando hay efusión pleural, la misma ingresa al catéter o aguja
ni bien estos acceden a la cavidad torácica. La mayoría de las veces se trata
de un líquido serosanguinolento o transparente. Esta característica ayuda a
diferenciarlo de la EP, la cual por lo general es hemorrágica, de color rojo
intenso y mayor densidad (Figura 7A). La EP puede diferenciarse de la
sangre periférica por que rara vez coagula a menos que provenga de una
hemorragia muy reciente. Asimismo, el hematócrito de la EP es bastante menor al
de la sangre periférica (Figura 7B).
Cuando se realiza de forma adecuada, la
PC es un procedimiento seguro y las complicaciones son infrecuentes. El grado
de riesgo es inversamente proporcional al volumen de EP presente. En los
pacientes con EP escasas y asintomáticos, los riesgos exceden los beneficios.
Las complicaciones pueden incluir punción cardíaca, hemorragia, arritmias,
laceración de arterias coronarias o tumores con diseminación de la neoplasia o
infección del tórax. Para ciertas EP complicadas de aspirar por ruta percutánea
(como las de receso aórtico del pericardio) en pacientes humanos se utilizó
(con buenos resultados) un acceso transbronquial (ya sea mediante el bronquio
del lóbulo inferior izquierdo o tráquea distal). Similar a la punción
tradicional, el procedimiento es seguro, rápido y bien tolerado. Hasta donde
sabemos, esta alternativa todavía no fue aplicada en animales.
En la última década se han publicado
numerosos trabajos en la bibliografía humana especializada (por ej., Suehiro S,
y col. 1996; Tsang T, y col. 1999; Callahan JA, y col. 1983; Kjellberg M, y
col. 1999; entre muchos otros), destacando los valores, méritos y seguridad de
la PC ecoguiada, tanto en el rendimiento diagnóstico como en su rol central
para el manejo de las EP, hasta el punto de poder ser una modalidad terapéutica
definitiva en cantidades variables de pacientes. Por ejemplo, en una casuística
de PC con catéter percutáneo (Ball y Morrison 1997; Cardiothoracic
Centre-Liverpool NHS Trust, Inglaterra) sobre 51 casos humanos consecutivos de
taponamiento cardíaco, se obtuvo una resolución del 80%; similar a otra serie
(Bastian A, y col. 1998; Christian-Albrechts-Universität Kiel, Alemania) de 63
personas con resolución definitiva en el 81%. Asimismo, Salem K, y col. (1999;
Hamilton General Hospital, Canadá) efectuaron en 41 pacientes un total de 46 PC
ecoguiadas con apenas 2 complicaciones (hemotórax en un caso de coagulopatía
preexistente y una pericarditis purulenta varios días después de la punción).
Todos los autores humanos consultados, concluyen que la PC ecoguiada es un
procedimiento con elevada tasa de éxitos y despreciable porcentaje de
complicaciones. Nuestra experiencia se orienta en términos similares.
Luego de la PC, la corrección de la presión y volumen
reflejan la presencia y grado de compresión a la que estuvo sometido el
corazón. Eliminado el líquido pericárdico, el volumen del VD por lo general
aumenta más que aquel del VI debido a su mayor elasticidad (Figura 8).
De hecho, esta cámara en ocasiones se dilata y la ecocardiografía muestra un
movimiento septal paradójico típico de la sobrecarga de volumen VD (Figura 9).
Aunque después del drenaje se reduce la presión de la arteria pulmonar, la
resistencia venosa periférica puede continuar incrementada por la persistencia
temporaria de las respuestas adrenérgicas compensatorias, ocasionando un
desajuste temporario en la descarga ventricular. Este fracaso derecho agudo, y
en particular izquierdo, ocurre cuando los ventrículos son incapaces de
adaptarse al incremento del retorno venoso postaponamiento, exacerbado por las
secuelas de las respuestas compensatorias todavía operativas. La mejoría
hemodinámica y clínica se relacionan con el incremento de la descarga
sistólica. El drenaje efectivo se caracteriza por la desaparición del pulso
paradójico y yugular, la disminución de la frecuencia cardíaca (Tabla 4)
y el mejor llenado capilar. La ascitis y efusión pleural resuelven paulatinamente
en los días siguientes.
Si la PC no es exitosa o si se forma
líquido nuevamente, dependiendo de la causa subyacente, se debería recomendar
la pericardiectomía. La opción quirúrgica se considera paliativa para la
mayoría de los pacientes con tumores de la base cardíaca ya que por lo general
éstos son de crecimiento lento y tardan en hacer metástasis, lográndose
períodos prolongados sin síntomas. La cirugía se encuentra contraindicada en
los casos de hemangiosarcomas del AD, dado que puede facilitar su diseminación
y además estos tumores muy sangrantes.
Para la EP recurrente también se ha
descripto la pericardiotomía percutánea con catéter-balón. Esta técnica emplea
un catéter-balón para crear una ventana en la pared del pericardio permitiendo
que el líquido drene a través de la misma hacia la cavidad pleural. Atkins CE,
y col. (1999) describieron su aplicación en 6 pacientes caninos, 5 de ellos con
tumores de la base cardíaca y 1 sin masas identificables. Con los pacientes
bajo anestesia general y con guía fluoroscópica o ecocardiográfica,
introdujeron un catéter-balón de 14 a 20 mm de diámetro en forma percutánea a
nivel del 5to espacio intercostal, atravesando el pericardio parietal y luego
lo inflaron 3 veces. Ningún perro experimentó complicaciones graves y la intervención
se consideró exitosa en 4 de 6 animales. La pericardiotomía con catéter-balón
podría constituir una alternativa quirúrgica menos invasiva para aliviar los
signos de EP malignas y pareciera ser un tratamiento paliativo seguro,
económico y potencialmente efectivo.
En líneas generales, la mayor parte de las EP son
serosanguinolentas o sanguíneas, de color rojo oscuro ("vino de
Oporto"), con hematócrito > 7%, densidad > 1.015 y nivel proteico de
3 a 6 g/dl. Estas características encuadran con la categoría de trasudado
modificado. La célula predominante es el eritrocito, pero pueden identificarse
células mesoteliales reactivas, neoplásicas o de otro tipo según la etiología.
Por lo tanto, las evaluaciones diagnósticas de la EP extraída deberían incluir
hemograma completo, contenido de proteínas y citología. El cultivo
bacteriano/antibiograma se solicita según los resultados de la citología; por
lo tanto, para tal eventualidad se debe contar con una reserva de la muestra
recolectada. Se debe tener prudencia cuando se evalúa el componente celular de
las EP. La neoplasia del corazón y pericardio (por ej., hemangiosarcoma,
quimiodectoma) de importancia clínica, por lo común no exfolia células, promoviendo
con frecuencia evaluaciones negativas falsas. Las células mesoteliales
reactivas dentro del saco pericárdico por lo común son malinterpretadas como neoplásicas,
generando resultados positivos falsos (Figura 10). Debe destacarse que la mayoría de
las EP caninas son hemorrágicas o serosanguinolentas, poseen propiedades
bioquímicas y recuentos celulares similares y por lo general, no son
etiológicamente diferenciables.
Algunos autores han estudiado el pH del
líquido pericárdico como una forma de diferenciar etiologías inflamatorias de
neoplásicas. Esta técnica pareciera tener utilidad clínica en los pacientes
caninos. En un estudio llevado a cabo en 40 animales, Edwards encontró que los
perros con efusiones de origen inflamatorio tenían valores de pH en el rango
ácido (6,5 a 7), y aquellos con problemas neoplásicos tendían a tener valores
de pH alcalinos (7 a 7,5). Se comunicó que valores de pH de 7 o mayores tienen
un 93% de precisión para identificar procesos neoplásicos, y que un pH menor de
7 posee un 78% de precisión para el reconocimiento de afecciones no tumorales.
El pronóstico a largo plazo para los perros con EP
hemorrágicas depende de la etiología primaria. En la EP hemorrágica idiopática,
la primera PC puede ser curativa, como ya mencionaramos, una característica
ampliamente documentada en personas. En la mayoría de los casos, se requieren
PC repetidas para el control de los signos clínicos. El líquido se puede
reacumular con rapidez (dentro de varios días) o puede no recurrir durante
meses o años. En los pacientes que necesitan más de dos PC, se recomienda
realizar pericardiectomía subtotal (o por ruta percutánea con catéter-balón).
En los perros con EP idiopática la pericardiectomía subtotal suele ser
curativa.
Paciente
No 1. Ovejero
alemán, macho entero, 12 años. Los propietarios refieren notarlo decaído desde
hace 15 días. Es derivado a ecografía por disnea marcada, ascitis y edema
subcutáneo en áreas declive de comienzo agudo 72 horas antes y sin respuesta al
diurético. En la ecocardiografía se detectó EP voluminosa que generaba
taponamiento e ICC, sin visualización de lesiones tumorales en corazón o en
otros órganos. Se recomienda realizar PC ecoguiada. La misma se lleva a cabo 24
horas después y se obtienen 200 cc de líquido hemorrágico. El procedimiento se
realiza con el animal en estación, sin sedación, sujetado por los propietarios.
Los signos de taponamiento resuelven por completo 48 horas después, momento en
el que se suspende el diurético. En la muestra reservada para citología se
identificaron células mesoteliales reactivas sospechosas de neoplasia. Luego de
27 días, los signos recurren y se procede con un segundo drenaje donde se
aspiran 500 cc de EP. Nuevamente, el animal normaliza los síntomas en las
siguientes 48 horas. Se medica con prednisolona (1 mg/kg cada 24 horas) durante
15 días disminuyendo la dosis de manera gradual, y se les sugiere a los propietarios
la posibilidad de realizar pericardiectomía subtotal, pero los mismos prefieren
continuar con la PC cada vez que sea necesaria. Por el momento, este paciente
ha sido intervenido en dos oportunidades más: la 3ra PC se llevó a cabo 150
días después recolectando 40 cc de EP, y en el último drenaje (80 días después
de la 3ra PC) se aspiraron 150 cc. Durante el 4to procedimiento, se logró
detectar una masa ovalada infiltrando la pared aórtica a nivel del cayado. El
estado general del paciente se conserva en buen nivel, siendo asintomático en
tanto la EP no alcance volúmenes suficientes para desencadenar el taponamiento.
Desde la 4ta PC (27/9/03) hasta el momento de redactar este informe (15/10/03)
transcurrieron 49 días más sin novedades, totalizando 306 días desde la 1ra PC.
Paciente
No 2. Gran Danés,
hembra entera, 11 años, y peso aproximado de 60 Kg. Llega a la consulta con
cierto decaimiento; los dueños manifiestan que desde hace 5 días la notan que
se cansa mucho, se agita fácilmente y le cuesta levantarse y moverse, y que
apareció una paulatina deformación del abdomen (Figura 11). A la exploración
se observan: mucosas congestivas, taquicardia, tonos cardíacos ligeramente
apagados, abdomen abultado y péndulo, sin dolor y sucusión positiva. Se realiza
punción del abdomen sin recolectar material. No se aprecian otras
anormalidades, y el animal se encuentra en buen estado general. Se deriva a
ecografía, con la cual se detecta EP, sin observarse masas cardíacas o
pericárdicas, a la vez que se confirman el taponamiento y la presencia de
líquido ascítico en el abdomen. Se procedió a realizar PC ecoguiada,
recolectándose un líquido rojo brillante en cantidad aproximada de 40 ml. En la
Tabla 4
se incluyen las variaciones ecocardiográficas registradas antes y después de la
PC ecoguiada. Debido a la docilidad de la paciente no se consideró necesario el
uso de algún método químico de sujeción. El animal se mantuvo algo decaído por
el término de 24 horas, pero luego se hizo evidente la disminución gradual del
tamaño abdominal y el retorno a su estado de alerta normal. Se administró furosemida
(80 mg/12 horas).
Análisis de la EP obtenida. Se procede a la centrifugación
inmediata del líquido recolectado, observándose un trasudado con una densidad
de 1.014, ausencia de proteínas, trazas de glucosa, pH de 7,5 y hematócrito del
12 %. Con el sedimento se procede a la rápida confección de varios frotis,
fijados al aire y coloreados con Tinción 15 (Laboratorios Biopur).
Examen citológico. Se observa escasa cantidad de células
nucleadas en su mayoría polimorfonucleares neutrófilos conservados y células
mesoteliales con citoplasma ligeramente reactivo pero con morfología normal (Figura 12).
Esta celularidad es un hallazgo normal en una muestra de EP. Se consideró un
diagnóstico presuntivo de EP hemorrágica idiopática.
Veinte días después de la
1ra PC, recurre la distensión abdominal y a los 24 días la paciente vuelve a
estar decaída, procediéndose con la 2da PC ecoguiada con la obtención de 650 ml
de EP, de iguales características que en la ocasión anterior. Este segundo
procedimiento se realiza con anestesia superficial (ketamina-midazolam, EV) con
el fin de inmovilizar al animal. Se controló su frecuencia cardíaca y saturación
de oxigeno mediante oxímetro de pulso (valores del 77 al 79% durante el
procedimiento), y se le administró prednisolona (1 mg/kg/día). A los 20 días de
la 2da PC comienza a dilatarse el abdomen y se hace evidente la pérdida de
peso, conservando el apetito y viveza, los que recién decaen cuando el volumen
de EP acumulada dificulta la respiración. Se realiza PC por 3ra vez,
obteniéndose 450 ml de líquido con las mismas características que en las
ocasiones anteriores. En esta oportunidad, el abdomen está mucho más dilatado y
se extrae muestra del liquido abdominal, cuyo análisis rinde pH 7, densidad
1.015, trazas de proteínas y ausencia de glucosa. En este momento se observa en
lateral del labio izquierdo un crecimiento irregular de 10 cm. de diámetro, que
sangra con facilidad pero sin presentar ulceración. En la citología solo se
aprecian células de la línea blanca, predominando linfocitos, sin ninguna
particularidad. A partir de este momento se prescribe prednisolona (60 mg/día,
oral). La paciente continúa perdiendo peso pero con apetito voraz y buen ánimo.
El propietario informa la aparición de un bulto en el lateral izquierdo del
cuello. Luego de 48 días nuevamente comienza a notarse la dilatación del
abdomen, con depresión gradual del sensorio. A los 55 días se realiza la 4º y
última PC (600 ml). Simultáneamente se realiza punción con aguja fina de la
neoformación cervical, reconociéndose la presencia de un linfoma linfoblástico.
La exploración ecográfica del bulto cervical izquierdo fue compatible con un
patrón tumoral de los ganglios retrofaríngeo y submandibular. En la
ecocardiografía aparecen por primera vez una masa semejante a la encontrada en
la región cervical sobre el cayado aórtico (de 26 mm de diámetro) y otra lesión
en relación con el pericardio (cara interna) que por sus características podría
corresponder a un coágulo o masa neoplásica. El deterioro del animal acelerado
en los últimos días llevó al propietario a solicitar la eutanasia sin necropsia.
Paciente
No 3. Cruza de
Ovejero alemán, macho entero, 6 años. El animal presenta signos de ascitis,
marcada pérdida de peso, manto piloso opaco y debilidad de más de 2 meses de
duración. Se lo venía tratando de forma sintomática por falta de recursos de
los propietarios aunque sin obtener una respuesta notoria a la terapia. Los
síntomas progresaron, apareciendo disnea pronunciada cuando finalmente se puede
realizar la ecografía, con la cual se diagnostica EP crónica y taponamiento. A
nivel de la AD se observan irregularidades en la pared que podrían corresponder
tanto a tejido graso como neoplásico infiltrativo (véase Figura 3). Cuatro días más
tarde se procede con la PC obteniéndose 500 cc de EP hemorrágica. Se remitió
una muestra para citología, en la que se identificaron células carcinomatosas
con anisocitosis, anisocariosis y binucleación (Figura 13). La disnea
desapareció dentro de las 24 horas del drenaje y los demás signos de
taponamiento remitieron a las 48 horas. Se indicó terapia con prednisolona y el
animal recuperó el apetito y ganó peso, permaneciendo asintomático durante
aproximadamente 45 días. Cuando los signos clínicos recurrieron, los
propietarios solicitaron la eutanasia y no se efectuó la necropsia.
Paciente
No 4. Gato cruza
de Siamés y doméstico pelicorto, macho entero, 10 meses, presentado con
"vómitos" de espuma blanca, disnea, cianosis y pérdida ponderal. Su
historial, bastante penoso, se caracteriza por haber sido el único
sobreviviente de la camada, pero al ser rechazado por la madre se lo debió
criar en forma artificial. La ecocardiografía (Figura 14) determinó la
presencia de cardiomiopatía dilatada (CMD) con elevado riesgo tromboembólico
debido al marcado aumento del diámetro AI (22 mm; normal: 8-13 mm). Asimismo,
existía colecta torácica y EP, la cual no era un justificativo para indicar PC
ecoguiada.
Si consideramos que en medicina humana, la ecocardiografía
todavía no tiene un consenso universal en cuanto a su rol central en el
tratamiento de las EP, y que en nuestra profesión, todavía hay colegas (en
especial los noveles) que piensan en términos de "metodología del
futuro," luego podremos concluir que una serie de pacientes (humanos y
veterinarios) con EP están de alguna manera librados a su suerte!. Por otra
parte, y como no podía ser de otro modo, la PC ecoguiada es un integrante del
extenso listado de tópicos debatibles en las ciencias médicas, con los
correspondientes defensores y detractores. Tal vez esto se deba, entre otros
aspectos, a una cuestión de prejuicios (la PC ciega era realmente peligrosa y
asociada con morbimortalidad significativa) y a la falta de un juzgamiento crítico
equilibrado o comparaciones metodológicas mal diseñadas (por ej., PC ecoguiada
vs drenajes quirúrgicos). Si bien es cierto que la PC ecoguiada puede (y por
cierto lo es) ser inferior en cuanto a rendimiento diagnóstico comparada con
otros métodos (por ej., pericardioscopia), esto no le resta ningún mérito a su
tremendo potencial (eficiencia y seguridad) como medida de salvataje frente a
una condición emergentológica extrema: el taponamiento cardíaco. Es decir, el
verdadero problema no reside en la PC ecoguiada como procedimiento, sino en la
indicación de su ejecución. Y aquí que no exista la más mínima duda: la PC
ecoguiada es una indicación absoluta y única en el paciente que experimenta
taponamiento cardíaco clínico. La presencia de una EP per se no constituye
indicación de PC ecoguiada en tanto no esté provocando (o en vías de hacerlo)
taponamiento ecocardiográfico. En cuyo caso, el paciente deberá ser
supervisado de cerca hasta la eventual emergencia de los signos clínicos. Por
este motivo incluimos al Paciente No 4 (presencia de EP que no es indicación de
PC). A pesar de la buena tolerancia a la PC, se describieron casos (humanos) de
edema pulmonar, colapso circulatorio y disfunción biventricular aguda luego del
drenaje. En los animales, como mencionaramos, también se producen ciertas
anormalidades posdrenaje pero las mismas son de carácter temporal y
relacionadas con los mecanismos compensatorios operativos y las nuevas
condiciones circulatorias que se crean con la punción. No obstante, los
pacientes deberían ser vigilados por recurrencia inmediata del taponamiento, en
particular con EP hemorrágicas, las cuales pueden ocurrir incluso con un catéter
intrapericárdico colocado.
La EP se considera idiopática si la pesquisa completa no revela una causa específica y
si la visualización directa muestra superficies pericárdicas normales o algo
inflamadas con biopsias negativas. La EP se considera paraneoplásica si la pesquisa completa resulta negativa pero el
paciente tiene antecedentes recientes de neoplasia extracardíaca. En la Tabla 5
incluimos una serie de casuísticas de EP humanas de países desarrollados (sin
restricciones en los recursos y con adelantos permanentes) al simple efecto de
resaltar la incidencia (variable) de la denominada EP idiopática. Este fenómeno,
que también sucede en nuestros pacientes, debe ser aclarado a los propietarios,
sobre todo cuando deben asumir y aceptar que se esté "pinchando" el
corazón de su mascota. Recuérdese que el "corazón" es uno de los órganos
(o términos) que infunden un respeto temeroso en la población promedio; por lo
tanto, se debe ser cauteloso y detallado al explicar la situación y que es lo
que esperamos encontrar y/o producir en el animal. Asimismo, tanto en personas
como en animales, una serie de EP inicialmente consideradas idiopáticas con el
tiempo (es decir si hay posibilidades de un seguimiento) se las puede incluir
en alguna categoría etiológica; este grado de reconocimiento a través del
tiempo también es variable según los estudios (pero ocurre).
Sin importar el estudio que se
consulte, la etiología más destacada en las EP es el cáncer (véanse Tablas
6 y 7
).
Los tumores cardíacos son raros en el perro y mucho más extraños en gatos. En
una investigación de la Veterinary Medical Database (VMDB) de 1982 a 1995 (Ware
WA, Hopper DL, 1999) se identificaron 1383 perros con tumores cardíacos sobre
una población de 729.265 (incidencia 0,19%), mientras que para los gatos (período
1982-1993 utilizando la VMDB) se identificaron 58 casos sobre un total de
210.388 animales. Dos razas caninas con alto riesgo son el Pastor alsaciano y
Golden retriever, mientras que los braquicefálicos tienden a presentar tumores
de cuerpos aórticos (o "de la base"). La residencia tumoral puede ser
intracavitaria, intramural o pericárdica, pero la mayoría de las neoplasias
primarias asientan en el AD. En los perros se describieron: hemangiosarcoma (el
más prevalente y que suele asociarse con EP), quimiodectomas, paragangliomas no
cromafínicos, hemangioma, sarcoma indiferenciado, mixoma, carcinoma tiroideo
ectópico, fibroma, fibrosarcoma, rabdomiosarcoma, condroma, condrosarcoma,
mesotelioma, teratoma, tumor de células granulosas y osteosarcoma. En felinos
se comunicaron: hemangiosarcoma, linfoma, carcinomas (mamarios, pulmonares,
salivales, células escamosas), melanoma y mastocitoma. La rareza de la
neoplasia cardíaca genera un dilema clínico, no sólo por ser inusual, sino
también por que el curso en esencia suele ser silencioso hasta adquirir un
volumen de masa significativo, momento en el que de producirse manifestaciones,
las mismas tienden a ser inespecíficas (incluyendo la EP).
De los casos incluidos en este informe,
el No 2 es por mucho el más interesante, pues nos permite hacer algunas
especulaciones sobre los interrogantes que plantea. Si repasamos, la EP fue la
primera y única anormalidad detectada, con posterioridad se presenta la lesión
labial, luego la adenomegalia cervical y finalmente una masa (de igual
ecotextura a los ganglios afectados) sobre el cayado y eventualmente
pericardio. Entonces, ¿la EP fue el resultado de un linfoma [LSA] cardíaco
primario?, ¿pudo haber sido paraneoplásica, con el foco tumoral primario
oculto?, o ¿una condición totalmente independiente, y por ende, "idiopática"?
Si bien se describieron casos en el perro, el LSA cardíaco "primario"
es más una enfermedad felina que canina, pero conviene conocer cierta información
de oncología humana. El LSA cardíaco primario (humano) comprende al linfoma (células
B) confinado en su mayor parte al corazón o pericardio para diferenciarlo de la
diseminación habitual del linfoma no Hodgkin (Burke A, Virmani R, 1996). Los
pacientes inmunocomprometidos son más proclives al desarrollo de todas las
variantes del LSA no Hodgkin extranodal. Puede presentarse como masas múltiples
polipoides, solo como EP
(Ceresoli GL y col., 1997), engrosamiento pericárdico (Pavlidis NA y col.,
1994) o lesiones infiltrativas mal definidas. Asimismo, puede constituir una
lesión bastante esquiva, no sólo negativa a la citología de la EP sino también
a la imagenología sofisticada (TC o IRM). Por lo tanto, nuestro caso pudo haber
sido un LSA cardíaco primario, con diseminación secundaria al labio y ganglios
cervicales. La posibilidad de un LSA "multicéntrico" que comienza
como una EP tampoco es descartable. Con respecto a ser una paraneoplasia, es
tan factible como improbable dado que todo el cuadro del animal tenía como
epicentro a la EP sin otras anormalidades (al menos tan evidentes como la EP).
Finalmente, se pudo haber tratado de un derrame maligno por micrometástasis no
reconocidas del LSA o de otro tipo neoplásico, o bien, algo que no sería
sorprendente en clínica, ser un proceso concurrente y sin asociación con cáncer.
Empero, esta paciente tuvo EP con pH 7,5 (sugestiva de neoplasia) y citología
negativa (un rasgo del LSA y de hasta el 30% de las EP en pacientes con cáncer
conocido).
En relación con las EP felinas que
tendrían una incidencia mucho menor comparadas con las caninas, la bibliografía
(Rush JE y col., 1990; Harpster NK, 1987) destaca como principal etiología a la
PIF, en la cual pueden formarse colectas pericárdicas voluminosas con el
resultante taponamiento. Esta no ha sido nuestra experiencia, y la mayor parte
de gatos con PIF probable que hemos conocido se caracterizaron por colectas
abdominales masivas (sin EP asociada), al menos en nuestra zona de influencia
(costa atlántica). En el punto donde sí coincidimos con estos autores es en la
frecuente presentación de EP acompañando a las cardiomiopatías del gato (véase Figura 14)
pero nada más como signo asociado y sin mayor impacto hemodinámico. Tal vez y
de mayor importancia sea el siguiente concepto: NO asumir que el relato del propietario es equivalente al diagnóstico;
y por ende, NO medicar en función del mismo sin revisar al gato. Este
error, lamentablemente frecuente, queda en evidencia cuando el gato
"vomitador" o "resfriado" demuestra que en realidad está
expresando signos de una cardiomiopatía.
El manejo estándar del paciente con EP
maligna no está bien definido en medicina humana (véase recuadro de Protocolos de la
TFPD). La literatura publicada consiste en series pequeñas, no controladas de
pacientes tratados prospectivamente y de reseñas retrospectivas más grandes. En
una serie (Laham RJ y col., 1996; Harvard Medical School, Boston) sobre 93
pacientes con EP malignas se estableció que los casos asintomáticos (EP de
hasta 1 cm en la ecocardiografía) se podían manejar en forma conservadora y con
sobrevida a largo plazo. En cambio, en los pacientes sintomáticos (EP > 1
cm) y con taponamiento, la PC brindaba alivio pero sin mejorar la sobrevida y
con alta tasa de recurrencia. Según algunos autores, la PC con escleroterapia
intrapericárdica es tan efectiva como el drenaje quirúrgico abierto para el
manejo de las EP malignas (Leonard NG, y col., 1997). El método consiste en la
instilación de agentes esclerosantes o con actividad citostática (por ej.,
bleomicina [20 mg en dosis única], cisplatino [dosis total de 50 mg, a razón de
10 mg/día por 5 días], tiotepa, doxiciclina, minociclina). Si bien la escleroterapia
produce buenos resultados en términos de prevención de recurrencias, puede
ocasionar dolor y resultar intolerable. Al respecto, en 1996, la FDA desaprobó
la instilación de tetraciclinas. Un procedimiento quirúrgico usual es la creación
de una ventana peritoneopericárdica o pleuropericárdica para drenar EP. Los
drenajes quirúrgicos pueden establecerse por una variedad de métodos (por ej.,
incisión subxifoidea, toracoscopia videoasistida, toracotomía o percutánea con
catéter-balón). Con respecto a la pericardiotomía percutánea con catéter-balón
(que como hemos mencionado ya se está aplicando en perros), a veces denominada
técnica de Belgrado o Seferovic, consiste en la colocación de un catéter-balón
(por ej., de Schneider Trefoil-Meier [3 x 7 mm]) previa ejecución de la PC,
para evacuación prolongada (en general hasta que drene menos de 100ml/24
horas). Este método es ideal para pacientes de alto riesgo quirúrgico. La
pericardiectomía subtotal se reserva para pacientes donde se aguardan
sobrevidas prolongadas (por ej., más de un año). Una opción con igual
rendimiento y menor riesgo es la pericardiectomía toracoscópica. El tratamiento
con quimioterapia sistémica y radioterapia (por ej., radioisótopos en el saco
pleural) ha tenido un control efectivo en algunas EP humanas. Sin embargo, la
radioterapia externa puede ocasionar patología pericárdica.
La fluidoterapia EV con solución salina
puede utilizarse en pacientes con taponamiento e hipotensos mientras se aguarda
el drenaje para expandir el volumen intravascular. Luego de expandir la
volemia, el volumen minuto podría ser aumentado con dobutamina (pero sólo de
manera temporal). Si los reflejos vagales complican el taponamiento o la PC se
indica atropina. Debe evitarse la respiración a presión positiva. Los
reductores de poscarga y precarga, como los inhibidores de la ECA y diuréticos
(por ej., furosemida), al disminuir el lleno ventricular pueden agravar la
condición existente, y por ende, se contraindican en el paciente con
taponamiento clínico. Luego de la PC, la prescripción de furosemida (1 mg/kg,
SC; en una o dos dosis) puede resultar de utilidad por sus propiedades natriuréticas
(uno de los mecanismos compensatorios generados por la EP progresiva es la
retención sódica).
En las EP no tumorales o idiopáticas,
la terapia médica dependerá de la etiología. Así por ejemplo para el caso de EP
hemorrágicas asociadas con raticidas anticoagulantes se indican vitamina K1
y transfusiones (plasma o sangre) y para las enfermedades infecciosas los
correspondientes antimicrobianos (actinomicosis/nocardiosis: penicilinas o
sulfas potenciadas; micosis: ketoconazol, itraconazol, etc.). Para prevenir la
constricción pericárdica (humana) se indica la terapia apropiada de la pericarditis
aguda y el drenaje conveniente. Si bien la instilación de fibrinolíticos (por
ej., urocinasa 400.000 a 1.600.000 U/instilación; o estreptocinasa 250.000 a
1.000.000 UI/instilación) es promisoria, la de corticoides muchas veces resulta
ineficiente.
1.
Las
condiciones que primariamente afectan el pericardio representan cerca del 1% de
todos los pacientes con enfermedad cardiovascular (Buchanan JW, 1992)
constituyendo una etiología importante de IC derecha en el perro.
2.
En una
comunicación previa (Subirós I, 1999) sobre 1057 animales atendidos por
cualquier motivo ("población hospitalaria general") detectamos 90 con
166 anormalidades ecocardiográficas (1 de cada 11), con 8 pericardiopatías (1
de cada 132; 0,75%) y 2 tumores de base (1 de cada 528; 0,18%). De los 90 con
anormalidades (muchos de ellos asintomáticos), la ecocardiografía sólo había
sido solicitada en 12. Por tal motivo, sugerimos como criterio de medicina
preventiva la realización (mínima) de una ecocardiografía anual en perros de 7
años en adelante y en gatos de 9 años en adelante, sin importar que su estado
sanitario sea "normal."
3.
La pesquisa
diagnóstica de todo paciente con ascitis obligatoriamente
debe incluir la evaluación ecográfica (incluyendo el examen del tórax y ecocardiografía).
Las alteraciones pericárdicas generan signos clínicos inespecíficos y muchas
veces son pasadas por alto como diagnóstico diferencial. Asimismo, los contados
signos específicos (pulso paradójico, pulso yugular o reflujo hepatoyugular,
colapso de safena, tonos cardíacos apagados) pueden ser esquivos o de difícil
comprobación.
4.
En los casos
con taponamiento cardíaco, la PC ecoguiada constituye un procedimiento seguro y
efectivo para la estabilización inicial del paciente, e incluso a largo plazo.
Aquí incluimos una serie reducida de 3 perros con EP y taponamiento clínico
donde se efectuaron 9 PC sin ninguna complicación y con sobrevidas interesantes
(45, 95 y más de 306 días) sobre todo teniendo en cuenta que los pacientes no
contaban con otra opción de vida.
5.
La EP tiende
a preceder las neoplasias detectables mediante ecocardiografía; empero, la EP
per se puede ser la única expresión del cáncer (por ej., LSA).
6.
En esta
pequeña casuística, la citología de las EP aspiradas rindió resultados
variables, pero el pH siempre mostró tendencia hacia el rango alcalino (valores
de ±7,5) sugiriendo un origen neoplásico en concordancia con lo mencionado en
la bibliografía. Considerando la importante información que pueda ser obtenida
de la EP, siempre se indica un análisis lo más completo posible. Empero,
ciertos estudios recientes (véase Referencias seleccionadas) cuestionan la
importancia discriminatoria del pH medido en las EP.
7.
No se han
publicado ensayos clínicos en pacientes veterinarios con EP malignas, y cualquier
droga antiblástica que hoy día administremos tanto por ruta sistémica como
intrapericárdica (luego de la PC satisfactoria), encuadra más en una falsa
sensación de seguridad (extrapolada) que en una lógica científica sustentada.
De cualquier manera, para aquellos contados propietarios que solicitan hacer
cualquier cosa por la sobrevida de su animal, este artículo brinda un panorama
sobre las diversas opciones que se aplican en casos humanos y que eventualmente
podrían resultar exitosas en animales.
MacGregor JM, et al. Pericardial lymphoma with
pericardial effusion in 9 dogs (1998-2001). Proceedings
21st Annual Forum, ACVIM, 2003.
El LSA es una causa
poco común de EP canina. Se efectuó una revisión retrospectiva en las
Universidades de Tufts (Estados Unidos) y Londrina (Brasil) para identificar a
los perros con EP y LSA entre 1998 y 2001. Se reconocieron 9 perros con EP
debida a LSA, de 3 a 16 años (mediana 8 años), incluyendo 6 machos (4 castrados)
y 3 hembras (1 castrada). Todos los animales fueron grandes (Retrievers
Labrador [2] y Golden [2], Rottweilers [2], Fila [1], mestizos [2] de 9 y 31
kg). La sintomatología estuvo presente durante 1 a 7 días antes de la consulta,
y en general se relacionó con colapso o insuficiencia cardíaca derecha. Tres
tuvieron pulso paradójico y 6 ascitis. Asimismo, en la mayoría los tonos
cardíacos estaban apagados y los pulsos eran débiles. Las anormalidades del
laboratorio, cuando se presentaron, fueron leves e inespecíficas. La efusión
pleural se presentó en 1 y 8/9 tuvieron cardiomegalia globoide difusa marcada
en las radiografías torácicas. La EP marcada estuvo presente en la
ecocardiografía de 7, todos con taponamiento. Dos tuvieron EP leves a
moderadas. El LSA fue confirmado mediante citología de la EP en todos los
casos. Uno fue tratado con prednisolona como agente único y fue perdido durante
el seguimiento. Cuatro recibieron quimioterapia combinada. Las sobrevidas más
prolongadas fueron obtenidas con los protocolos que incluyeron doxorrubicina
(157, > 659 y > 328 días). De los 4 perros que no recibieron
quimioterapia, 1 fue sacrificado a los 15 días del diagnóstico, 1 fue paliado
con PC durante 124 días hasta la muerte (por torsión gástrica) y dos se perdieron
en el seguimiento.
Ware WA, Hopper DL. Cardiac Tumors in Dogs: 1982–1995. J Vet
Int Med 1999; 13(2):95–103.
Una investigación de la Veterinary Medical Database (VMDB)
entre 1982 y 1995 identificó 1383 perros con neoplasias cardíacas sobre una población
total de 729.265 perros (incidencia del 0,19%). El hemangiosarcoma (HSA) fue el
tumor cardíaco más identificado y en segundo lugar (10 veces menos) se ubicó el
tumor de cuerpo aórtico. Las masas primarias fueron más prevalentes que las
metástasis. Cuando se consideró el comportamiento biológico, en su mayoría se
clasificaron como malignos. Excluyendo el LSA, los tumores cardíacos fueron más
frecuentes en perros de 7 a 15 años. En pacientes > 15 años, la frecuencia
fue similar o menor que aquella para el rango más juvenil. Los sexos se
afectaron por igual, pero el riesgo relativo para las hembras castradas fue
> 4 veces que para las enteras. Para el HSA, las hembras castradas tuvieron
> 5 veces de riesgo relativo que las enteras. El riesgo para machos
castrados fue apenas mayor que para los enteros, los cuales tuvieron 2,4 veces
el riesgo relativo de las perras enteras. De este modo, la gonadectomía parece
incrementar el riesgo de neoplasia cardíaca en ambos sexos.
Jackson J, Richter KP, Launer DP. Thoracoscopic Partial Pericardiectomy in 13
Dogs. J Vet Int Med 1999; 13(6):529–33.
Trece perros con
taponamiento cardíaco resultante de EP fueron evaluados de un modo prospectivo
para determinar la factibilidad y resultado de la pericardiectomía parcial
toracoscópica. Un acceso toracoscópico lateral permitió exposición adecuada
para remover una sección pericárdica (de 4-5 cm de diámetro) en todos los
casos. La resolución sintomática completa fue alcanzada en todos los perros
seguidos (11). En 10/13 (76,9%) la EP fue neoplásica. Uno de los casos se
mantenía vivo y asintomático a los 220 días del procedimiento. La sobrevida
promedio de los restantes 9 perros con EP neoplásica fue de 128 días (rango:
14-544 días; mediana: 38 días). En 3/13 (23,1%) la EP fue idiopática. Dos de
estos se mantenían vivos a los 585 y 1250 días de la intervención. Un perro con
EP idiopática desarrolló cardiomiopatía y fue sacrificado a los 18 días del
procedimiento. Los resultados indicaron que el método resultó técnicamente satisfactorio
en todos los casos. No se comprobaron complicaciones anestésicas. Las
complicaciones toracoscópicas incluyeron transección de nervio frénico (1),
laceración pulmonar (1) y sangrado intraoperatorio moderado (1). Estas
complicaciones en apariencia no tuvieron mayor impacto clínico. Concluimos que
la pericardiectomía parcial toracoscópica es una técnica factible y ofrece
varias ventajas sobre el método quirúrgico convencional a tórax abierto.
Fine DM, Tobias AH, Jacob KA. Use of pericardial fluid pH to distinguish
between idiopathic and neoplastic effusions. J Vet Int Med 2003;
17(4):525–9.
La EP resultante de neoplasia por lo usual se
asocia con un pronóstico malo, mientras que en la EP idiopática con frecuencia
es bueno. En la Universidad de Minnesota se examinó la utilidad de medir el pH
de la EP para distinguir entre estas dos etiologías. La EP idiopática (n = 12
perros) se consideró si la pericarditis era reconocida en la histopatología (n
= 4) o si no había antecedentes, signos físicos o ecocardiográficos de EP
recurrente durante al menos 6 meses luego de la PC (n = 8). La EP neoplásica (n
= 25 perros) se consideró si la neoplasia pericárdica o miocárdica era
detectada en la histopatología (n = 11) o una masa discreta asociada con el AD,
VD o aorta era visualizada en la ecocardiografía (n = 14). Las muestras de EP
eran centrifugadas y el pH del sobrenadante era medido con un dispositivo
portátil. El pH más bajo (6,40) fue encontrado en un perro con EP idiopática y
el más alto (7,85) en otro con EP neoplásica. Sin embargo, los datos de los dos
grupos se superpusieron en 33 de 37 (89%) casos, y el pH mediano para ambos
grupos no fue significativamente diferente (7,40 [idiopática] y 7,47
[neoplásica]; p = 0,28). Debido al grado de superposición, nuestros datos
proporcionaron pocos justificativos para emplear la medición del pH como método
diagnóstico en casos de EP.
Koie H, Kanayama K, Sakai T. Alteration of ventricular function on
echocardiography associated with intra-pericardial disorder in dogs. J
Vet Med Sci 2003; 65(6):723-5.
Dos perros con marcada intolerancia al ejercicio y otro
con cardiomegalia fueron derivados a nuestro Centro Médico Animal. En los dos
primeros se diagnosticaron EP (paciente No 1) y hemopericardio (paciente No 2),
y en el último (paciente No 3) herniación pericardiofrénica. Cuando estos
problemas fueron corregidos, el corazón se expandió y la sintomatología mejoró
en forma notable en los tres pacientes. En particular, se normalizaron los
diámetros camerales y fracción de acortamiento (FA) VI, y cambiaron las frecuencias
cardíacas (FC) entre otros parámetros. En este reporte casuístico, se describen
los hallazgos ecocardiográficos antes y luego del tratamiento. En el paciente
No 1 la FA (%) varió de 42,7 a 25,4 y la FC (lat/min) de 204 a 141; en el
paciente No 1 la FA varió de 9,4 a 32,6 y la FC de 138 a 117; y en el No 3, la
FA fue de 52,1 a 35,2 y la FC de 160 a 110.
Wright KN, et al. Effusive-constrictive
pericardial disease secondary to osseous metaplasia of the pericardium in a dog.
J Am Vet Med Assoc 1996, 15;209(12):2091-5.
La metaplasia ósea del pericardio como causa de enfermedad
efuso-constrictiva no se había comunicado previamente en el perro. En este
informe se describe un caso canino presentado con insuficiencia cardíaca
congestiva derecha. Las etiologías documentadas de enfermedad pericárdica
constrictiva en el perro incluyen trauma e infecciones actinomicóticas,
micobacterianas y fúngicas. Las mismas fueron descartadas en este perro. Los
procesos inmunomediados, como se comunicaron en personas, también se
consideraron improbables sobre la base de los estudios efectuados. Se concluyó
que este animal tuvo metaplasia ósea idiopática del pericardio y pleura. Los
signos de ICC derecha resolvieron luego de efectuar la pericardiectomía
subtotal.
Berg RJ, Wingfield WE, Hoopes PJ. Idiopathic
hemorrhagic pericardial effusion in eight dogs. J Am Vet Med Assoc 1984,
185;(9):988-92.
La EP hemorrágica idiopática fue diagnosticada en 8 perros.
Los pacientes fueron machos de razas grandes o gigantes y con un amplio rango
etario. En todos los casos se notaron signos de taponamiento cardíaco e IC
derecha. La EP en cada caso fue identificada mediante radiología torácica,
electrocardiografía y ecocardiografía. La citología de la EP no permitió
diferenciar la presencia de neoplasias. Los cultivos de bacterias y hongos
fueron negativos en 5 perros. En 6 casos, el diagnóstico presuntivo se
fundamentó en la ausencia de masas cardíacas en la ecocardiografía 2-D,
pericardiografía de contraste o ambas. La condición fue manejada con éxito
mediante pericardiectomía parcial en 5 casos. El diagnóstico definitivo en cada
caso fue establecido mediante el examen cardíaco macroscópico en la cirugía o
necropsia y mediante histopatología. Los vasos sanguíneos y linfáticos del
pericardio parietal y visceral parecen ser los blancos primarios del proceso
morboso.
Brummer DG, Moise NS. Infiltrative
cardiomyopathy responsive to combination chemotherapy in a cat with lymphoma.
J Am Vet Med Assoc 1989, 15;195(8):1116-9.
Un gato doméstico pelicorto, macho castrado, 3 años, tuvo
linfoma renal y cardiomiopatía infiltrativa, con respuesta a la quimioterapia
combinada. El diagnóstico se basó en los resultados de la biopsia renal y
ecocardiografía. Las lesiones cardíacas incluyeron hipertrofia de la pared
libre VI y tabique interventricular, hipocinesis ventricular, y reducción de la
cámara VI. La evaluación citológica del líquido pericárdico no contribuyó al
diagnóstico. La quimioterapia combinada produjo rápida mejoría de la
renomegalia y estructura/función cardíaca. Si bien se podría asumir que la
infiltración miocárdica fue atribuible a linfoma metastático, no se realizó el
diagnóstico histopatológico de la cardiopatía.
McCarthy TC, McDermaid SL. Thoracoscopy.
Vet Clin North Am [Small Anim Pract] 1990 Sep; 20(5):1341-52.
Se describe la evaluación endoscópica de la cavidad pleural,
o toracoscopia, la cual proporciona información diagnóstica adicional en casos
de enfermedad intratorácica. La toracoscopia permite el examen visual del
espacio pleural y estructuras vecinas sin exploración quirúrgica. El estrés,
costo y morbimortalidad de la toracoscopia son mucho menores que aquellos de la
toracotomía. Como método diagnóstico se ha empleado en neoplasia primaria y
metastática, linfadenopatía hiliar, EP, neumotórax espontáneo y hernia
diafragmática. Con fines terapéuticos, la toracoscopia se ha utilizado para el
drenaje de EP. Técnicamente, es similar a la laparoscopia empleando la misma
instrumentación y principios básicos (pero de ejecución más sencilla). La
preparación, anestesia y postura del paciente son similares a las utilizadas en
la toracotomía abierta convencional. La toracoscopia proporciona un acceso con
mínima invasión y muy baja incidencia de complicaciones que puede recolectar
información diagnóstica importante.
Lehmkuhl LB, Bonagura JD, et al. Radiographic
evaluation of caudal vena cava size in dogs. Vet Radiol Ultrasound 1997; 38(2):94-100.
La dilatación de la vena cava caudal (VCC) en las
radiografías torácicas laterales a menudo es interpretada como sugestiva de ICC
derecha. Para cuantificar la utilidad clínica de este parámetro como indicador
de cardiopatía derecha, comparamos la proporción del diámetro de la VCC (medida
en las placas laterales izquierdas) a la aorta descendente (Ao), largo de la
vértebra torácica por encima de la bifurcación traqueal (LV), y ancha de la 4ta
costilla derecha (R4) en 35 perros con cardiopatía derecha y 35 de control.
Cada proporción VCC (VCC/Ao, VCC/LV. VCC/R4) fue estadística más grande en
perros cardiópatas. Se estableció que una VCC/Ao > 1,50, VCC/LV > 1,30 o
VCC/R4 > 3,50 son firmemente sugestivas de una anormalidad cardíaca derecha.
Thomas WP, Sisson D, Bauer TG, Reed
JR. Detection of cardiac masses in dogs by two-dimensional echocardiography.
Vet Radiol 1984;
25(2):65-72.
A partir de una revisión de 2 años de ecocardiografías 2-D,
el diagnóstico de masa cardíaca fue realizada en 18 perros. De estos, 13
también tuvieron EP. Se reconocieron tres tipos de lesiones: (1) masas AD (7
perros, 5 confirmadas como hemangiosarcomas) originadas a partir de la pared
del atrio o aurícula derecha y con proyección dentro del lumen atrial, espacio
pericárdico o ambos; (2) masas pericárdicas cavitarias grandes (2 perros,
confirmadas como abscesos) localizadas sobre el VD; (3) masas en la base cardíaca
(9 perros, 6 confirmadas como neoplasias) adheridas a la aorta ascendente, con
grados variables de infiltración estructural. Si bien las porciones extrapericárdicas
de las masas no fueron delineadas tan bien como las intrapericárdicas, la
predicción del acceso quirúrgico fue correcta en la mayoría de los casos.
Concluimos que la ecocardiografía 2-D, efectuada de manera sistemática
empleando planos múltiples, permite la detección y localización exactas de las
masas cardíacas y pericárdicas en los perros, además de su utilidad prediciendo
los abordajes quirúrgicos.
Millman TM, O'Brien TR, Suter PF,
Wolf AM. Coccidioidomycosis in the dog: its radiographic diagnosis. J
Am Vet Radiol Soc 1979; 20(2):50-65.
En 38 perros con coccidioidomicosis confirmada se revisaron
los registros para establecer las manifestaciones radiológicas de la
enfermedad. Las lesiones pulmonares fueron el cambio más común pero inespecífico.
La linfadenopatía mediastinal y traqueobronquial fue un cambio radiográfico
significativo muy sugestivo de esta infección. La EP se consideró un hallazgo
de extrema importancia. Esto ofrecería una posible explicación etiológica para
algunos de los casos denominados como "EP benigna". La osteomielitis
multicéntrica fue menos común de lo esperado.
Thrall DE, Goldschmidt MH. Mesothelioma
in the dog: six case reports. J Am Vet Radiol Soc 1978; 19(4):107-15.
Dos de los tumores tuvieron origen pericárdico y los
restantes en la pleura. Los dos tumores pericárdicos se presentaron
clínicamente con signos de ICC y manifestaciones radiográficas de EP. Los
tumores pleurales se presentaron con disnea y pleurorrea identificada en la
radiología. En 2 de los 4 mesoteliomas pleurales, se encontró una masa en
ventral del mediastino. El diagnóstico mediante citología del líquido pleural
es difícil. Ninguno de los casos fue tratado.
Buchanan JW, Kelly AM. Endocardial
splitting of the left atrium in the dog with hemorrhage and hemopericardium.
J Am Vet Radiol Soc 1964; 5(1):28-39.
Múltiples desgarros endocárdicos de tamaños y en estadios de
reparación variables fueron encontrados en el AI de 22 perros con fibrosis
mitral crónica. El 86% de los casos fueron machos y se notó una elevada
prevalencia en Dachshunds y Cocker Spaniels. El hemopericardio resultante de la
hemorragia AI fue observado clínicamente y en la necropsia en 5 casos y sólo en
la necropsia de otros 2. Los rasgos clínicos y radiográficos de los 5 perros
con evidencia antemortem de hemopericardio fueron regularmente diferentes de
los perros con EP sanguinolenta debida a otras etiologías. Los principales
signos fueron la presencia de soplos, complejos ECG de amplitud normal,
arritmias frecuentes, predominio de IC izquierda (tos y disnea) y comba
dorsocaudal del AI por encima de una silueta cardíaca globosa en las
radiografías laterales.
Bernath GA, et al. Influences
on the distribution of blood flow during cardiac tamponade in the conscious dog.
Circulation Research 1987; Vol 60, 72-81.
El taponamiento cardíaco es un espectro que varía de las EP con mínimo deterioro hemodinámico a las EP que causan colapso circulatorio. En este estudio, examinamos los roles jugados por los sistemas nervioso simpático y renina-angiotensina en el control de la distribución del flujo sanguíneo en perros conscientes durante el taponamiento progresivo. Se indujeron 51 episodios de taponamiento agudo hasta la descompensación (declinación de la tensión aórtica media hasta el 70% del nivel presente cuando el pericardio estaba libre de líquido) en 6 perros mediante infusión intrapericárdica de solución salina calentada. Una serie de parámetros fueron registrados durante el taponamiento en ausencia de bloqueo (control), con bloqueo alfa-adrenérgico (fenoxibenzamina), bloqueo beta-adrenérgico (propranolol) o bloqueo de la ECA (captoprilo). El flujo arterial aórtico y mesentérico disminuyó progresivamente durante el taponamiento sin importar la presencia o ausencia de bloqueo. El flujo arterial coronario no cambió en forma significativa durante el bloqueo alfa, sugiriendo que la declinación continua observada durante el taponamiento sin bloqueo al menos en parte estuvo mediada por mecanismos alfa-adrenérgicos. El flujo arterial renal, en contraste, se mantuvo en todas las situaciones, c